Evo sin relevo

Revista Poder

Las elecciones generales bolivianas, que se realizarán en octubre, encontrarán a un país económicamente saludable, con la pobreza reducida y sin movilizaciones radicales. ¿Qué le espera a Bolivia tras nueve años de Gobierno del MAS?

Aunque sea una fórmula trillada, al visitar la feria 16 de Julio en El Alto, Bolivia, solo pienso en “capitalismo salvaje”. Doscientas cincuenta mil personas se aglomeran aquí los jueves y domingos de cada semana para vender y comprar lo lícito y lo ilegal, lo firme y lo bamba, lo científico y lo esotérico. Un grupo de jóvenes de lentes oscuros y smartphones viene de adquirir una combi y lo celebra challándola (bendiciéndola, digamos) de la mano de alguien que solo puedo suponer una suerte de chamán. Más allá, un vehículo del Ministerio de Salud boliviano ofrece servicios que palidecen ante una señora que, con diferente ungüentos y bálsamos, asegura curar el mismísimo ébola.

La construcción desbordada de edificios, coloridos y polarizados, se alza por todas partes, y en lo más alto irrumpen los famosos cholets. Aquí no hay fronteras. La globalización y el aymara juntos y revueltos, el individualismo más bestia y la comunidad más tradicional se miran a los ojos. Tras muchas, muchas cuadras llego a la nueva estación del teleférico de El Alto, desde donde se baja a la ciudad de La Paz. Ya no hay que treparse a incómodos micros para hacer la ruta. Ahora, uno entra en la moderna estación, y ahí están las flamantes combis voladoras (limpias, sin música ni aglomeraciones) que nos bajan a La Paz en apenas siete minutos. Al elevarnos sobre la ciudad, hace falta vencer el vértigo, pero luego uno es atrapado por la urbe que se despliega debajo. El capitalismo dinámico y sin ley de El Alto y el orgullo paceño por su teleférico reflejan el momento que vive Bolivia hoy mientras se dirige hacia la elección general de octubre, en la que Evo Morales será elegido presidente, en primera vuelta, por tercera vez consecutiva.

ATERRIZAJE

En el 2004, varias instituciones internacionales y Gobiernos sentenciaron que Bolivia se encontraba en una crisis que podía ser terminal. Se habló de disolución, de desintegración. Y con algo de razón. En la coyuntura 2002-2005 Bolivia tuvo cinco presidentes y, más importante aún, la disputa política era encabezada por radicales de todo tipo que hacían cada vez más irrelevantes a los moderados partidos tradicionales. Del lado occidental del país, los movimientos de Evo Morales y Felipe Quispe representaban fuerzas indígenas y sindicales que se planteaban refundarlo casi todo. Del lado oriental, las de Santa Cruz llamaban por primera vez, y sin pelos en la lengua, a la secesión, la independencia y otros delirios particularistas. Las instituciones se vaciaban y la calle daba la voz cantante. El Estado central era un muñeco jaloneado por sectores nuevos y marginales. Evidentemente, la economía también había dejado de funcionar.

Desde entonces hasta hoy, el país ha dado un vuelco. La economía camina a todo trapo: 5% de crecimiento promedio anual en los nueve años de Gobierno de Morales; si la protesta callejera no ha desaparecido, ya no tiene como objetivo derrocar Gobiernos ni socavar las bases mismas del Estado; gritos de guerra del oriente han simplemente desaparecido; la inversión en infraestructura se multiplica tras décadas de rezago, y el optimismo de los bolivianos es una novedad en el paisaje del país (¡Tanto como el Bolívar en una semifinal de la Copa Libertadores!). Ante la estabilidad adquirida, el Gobierno se regodea en su éxito. El último 6 de agosto, fiesta nacional, el vicepresidente y pieza clave del Gobierno, Álvaro García Linera, se refirió a estos años como “la década de oro”, y el discurso de Evo Morales fue de un triunfalismo macro- económico que solo se me ocurre calificar de alangarciesco.

¿Y CÓMO LO HACE?

Si algo convierte en único a Evo Morales en el panorama político boliviano es la identificación profunda y personal que sostiene con los sectores de raíz indígena. No creo haber visto algo similar en otros contextos. Morales es la representación más elemental y poderosa. Es un ídolo, en un sentido cercano al que utilizamos para aludir a la relación del pueblo con cantantes o deportistas, más que con políticos. Se trata del escaso, pero de tanto en tanto real, fenómeno del carisma enlazando al político providencial y a su gente. Según cálculos del investigador Rafael Loayza, la correlación entre los ciudadanos bolivianos que se autoperciben como “indígenas” y aquellos que votan por Evo Morales es casi perfecta. Y el presidente explota dicha reivindicación étnica. Hace algunos días declaró que, si los indígenas habían estado fuera del poder durante 500 años, ahora les tocaba a ellos permanecer ahí otros 500 años.

De hecho, un cambio fundamental, y acaso el legado que perdurará con mayor decisión de los años del MAS en el poder, es la mayor presencia de lo indígena en la esfera política y pública boliviana. Tirios y troyanos aceptan que en Bolivia ya no es posible dejar en la puerta de un local a nadie por su apariencia. Y la visibilidad de lo indígena en la campaña electoral es mayor de la que se observaba hace algunos años. En los afiches electorales de Samuel Doria Medina, candidato segundo en las encuestas, aparece una mujer con su sombre- rito tradicional aymara y la candidata a vicepresidenta del conservador Jorge “Tuto” Quiroga es también una activista indígena. Obviamente, no hay que caer en la falacia histórica de creer que este fortalecimiento se debe exclusivamente a Morales y al MAS, pues la revolución nacional de 1952 es, sin ninguna duda, el origen de este proceso, pero tampoco se puede negar el impulso definitivo del actual Gobierno. Ahora bien, más allá de esta exposición, tanto en la oposición como en sectores afines al MAS, se sabe que, en los hechos, el indigenismo como proyecto político ha desaparecido del Gobierno de Evo Morales. Para utilizar una metáfora del intelectual boliviano Luis Tapia, los indígenas pasaron de ser una minoría colorida a ser una mayoría gris. Aun así, la Bolivia andina solo tiene ojos para Morales, lo que prueba que esta relación no responde a un programa ideológico, sino a un vínculo profundo y personal con el caudillo.

Ahora bien, las tasas de popularidad de Evo Morales giran alrededor del 75%. Es obvio, entonces, que no solo sectores pobres y/o indígenas lo respaldan, sino que el apoyo posee también patas urbanas y prósperas. ¿Por qué? Para entenderlo, hay que desplazarse hacia la esfera económica. Desde el 2006, Bolivia mantiene al mismo ministro de Economía, Luis Arce, un economista bastante serio que ha sido el responsable de un manejo macroeconómico sensato. Como mencioné, en los nueve años de Gobierno del MAS, el crecimiento anual promedio ha sido de 5%. El 2014 crecerá más de 6% [Nota: Si el chavismo de Humala es lo que impide que el Perú crezca por encima de 5%, sugiero modestamente que la derecha peruana reevalúe la hipótesis]. En estos diez años la pobreza extrema se ha reducido de 38% a 18% de la población. De otro lado, como en el Perú, el trauma de la hiperinflación de los años ochenta se encarga de que los gobernantes mantengan reducido al monstruo inflacionario. Desde hace varios años no tienen déficit, y en el 2014 habrá superávit, con unas reservas internacionales históricas de 14.000 millones de dólares (más de diez veces de lo que poseían una década atrás). Como en muchos otros países latinoamericanos, el crecimiento exponencial está asociado a los precios internacionales de las materias primas, en este caso gas y minerales, principalmente. El pasivo de todo esto, desde luego, es que se realiza con mucho más inversión pública que privada.

La fortuna de los precios internacionales y un manejo macroeconómico serio han generado una sociedad que consume como nunca antes y ha dado lugar a un Estado con recursos. Los cambios en La Paz son evidentes. Los grandes centros comerciales han hecho su aparición. En especial el Mega Center ubicado en el sur próspero de la ciudad, adonde llegan miles de paceños y ciudadanos de departamentos aledaños para pasar inolvidables días de consumo. Las tiendas de autos nuevos se multiplican (incluyendo Mercedes Benz en La Paz y representantes de Porsche en Santa Cruz), aparecen multicines, florecen restaurantes y el comercio informal se hace cada vez más sólido, opulento y, si se puede, aún más informal. Y, de otro lado, el Estado tiene más dinero que nunca en su historia. El Gobierno puede permitirse la construcción de tres líneas de teleféricos que integrarán La Paz de norte a sur, en lo que significará un cambio enorme para la vida de los paceños (y un cielo digno de Blade Runner). Y estas obras de infraestructura crecen por todas partes. Morales (siempre es él, no es el Estado ni el Gobierno) inauguró recientemente un campo ferial inmenso donde la semana pasada se albergaba una nutrida feria del libro; se asfaltan caminos, se construyen carreteras. Y, de la mayor importancia, se han implementado programas sociales para escolares, ancianos, madres. Por si fuera poco, una vez que se conoce que las tasas de crecimiento de cada año son elevadas, el Gobierno decreta aguinaldos que Estado y empresas privadas deben repartir a sus trabajadores. De hecho, no solo el Gobierno central dispone ahora de recursos para hacer inversiones importantes: la alcaldía de la Paz (en manos de un partido opositor, el Movimiento sin Miedo), por ejemplo, estrenó hace poco un moderno sistema de buses, los Puma Katari. En resumen, la inversión desde el Estado le permite al MAS ir más allá de su base electoral “natural”, mientras que la explosión del consumo y las ganancias que el mercado genera mantienen contenta y distraída a las clases altas y medias que, aun detestando a Morales, deben reconocer que nunca habían estado mejor en términos económicos que con él. En realidad, si el desafío de los gobernantes suele ser demostrar que el crecimiento económico chorreará hacia los de abajo, el de Morales ha sido mostrar que en Bolivia le chorrearía a los de arriba. Y los ha empapado.

La combinación de la legitimidad personal de Morales y el acceso a recursos como nunca antes ha permitido al Gobierno domesticar la principal fuente de inestabilidad en la historia de Bolivia: la sociedad movilizada. El presidente es un sindicalista y negocia con cada grupo social que le presenta reclamos gremiales. Mineros, cocaleros, indígenas, transportistas informales y un largo etcétera organizativo arreglan sus diferencias y reivindicaciones directamente con el carisma y la billetera del presidente. Las diferencias entre sociedad y Gobierno o entre distintos grupos sociales no se arreglan por el conducto de instituciones de vocación general, sino desde lo particular. Es decir, se ha impuesto el orden, un orden. Pero no necesariamente el de la ley.

Todo esto nos lleva a un componente adicional de la estabilidad adquirida que no debe ser opacado ni por el éxito económico ni por la “popularidad” del presidente: las prácticas autoritarias. Evo Morales será elegido presidente por tercera vez consecutiva el próximo octubre, aunque la Constitución boliviana (la que el MAS impulsó) solo permite que los presidentes lo sean durante dos periodos consecutivos. Con un argumento que no sorprenderá a ningún peruano, se ha establecido que la primera elección de Morales (el 2005) ocurrió bajo la constitución anterior y, por tanto, aquel periodo de gobierno no cuenta, no existió. Asimismo, las instituciones del Estado son gradualmente infiltradas por el MAS: el órgano electoral pierde la independencia que alguna vez tuvo, el Poder Legislativo baila la música que le dictan desde el Ejecutivo, el Poder Judicial sirve para empapelar a rivales del Gobierno, la prensa independiente encuentra cada vez más dificultades para sobrevivir, y el Estado ha auspiciado en los últimos años lo que el investigador Raúl Peñaranda llama una red de medios de comunicación “paraestatales” que, comprados por amigos del Gobierno, son dóciles, al mismo tiempo que un gran negocio gracias a la publicidad estatal. Y el Parlamento (es decir, el Gobierno) acaba de destituir a dos magistradas del Tribunal Constitucional por oponerse a una ley auspiciada por el oficialismo. Y no solo se reclama la destitución: se pide diez años de cárcel para las magistradas, mientras el vicepresidente García Linera arenga al Senado a que sancione ejemplarmente. Los elementos liberales de la democracia boliviana, en definitiva, son socavados día a día.

En resumen, la popularidad personal de Morales y su capacidad de disolver las tensiones entre grupos sociales sometidos al paraguas del MAS, el boom económico y las prácticas autoritarias que limitan a las voces disidentes han construido un periodo de estabilidad inédito en Bolivia. Pero el hecho fundamental reside en la capacidad de haber conquistado por las buenas o por las malas a las clases medias y altas del país. Los grandes empresarios de Santa Cruz han aceptado, primero a regañadientes y ahora gustosos, la invitación alcanzada por el Gobierno: hagan plata y no política. En eso están. Las clases medias compran y celebran la estabilidad ganada. No se piensa en el rule of law si acaba de inaugurarse el Kentucky Fried Chicken más grande del país. Clases altas y medias, tengo la impresión, comulgan en voz baja en que solo Evo puede domar a la inquieta sociedad boliviana. Aunque no compartan sus convicciones ni se beneficien directamente del Gobierno y sus recursos, un cierto principio realista les sugiere que sin él estarían peor. Y el presidente lo ventila en esta campaña electoral: “Movilizaciones como antes, hasta sacar presidentes, no tenemos y no va a haber […] y saben exactamente, si no es todos, muchos, que (el MAS) es el único movimiento político que garantiza estabilidad política y económica”. Como ven, un llamado a la prudencia de clases altas y medias antes que una convocatoria a la audacia movimientista.

¿DESPEGAR?

Como sabemos por otros países latinoamericanos, las tasas sostenidas de crecimiento económico alientan el triunfalismo de los Gobiernos y el conformismo ciudadano. No es muy distinto el caso boliviano. Mientras se disfruta de la “década de oro”, el país acumula y engorda problemas viejos y nuevos. Entre los viejos destaca la debilidad del Estado y de sus instituciones. En Bolivia, más de una vez lo estable se ha hecho inestable en cuestión de días. Porque el Estado y sus instituciones nunca son los suficientemente sólidas ni impermeables a la efervescencia de la sociedad boliviana. El presidente Morales y el MAS son, por el momento, un eficaz dispositivo para sedar las pulsiones de la sociedad boliviana. Habrá que ver qué se hace cuando el superciclo económico amaine en Bolivia o qué sucede si, por alguna razón, el líder supremo no está más. Porque, al ser el sistema tan dependiente del caudillo, pronto deberán forzar un cambio constitucional que permita la elección indefinida de Morales, y eso será fuente de inestabilidad. El Gobierno sabe de la potencia que posee la calle boliviana. Pero a las viejas dinámicas entre instituciones y sociedad se han agregado nuevos problemas que también terminarán por explotar. La penetración del narcotráfico en Bolivia es cada vez más patente, y con ello la criminalidad en sus ciudades. Y, de otro lado, aliados del Gobierno, como los comerciantes informales de El Alto o los cocaleros (de hecho, la presión tributaria del país no ha mejorado ostensiblemente en estos años), son sectores que buscan, expresamente, la menor presencia estatal posible alrededor de sus actividades. Así, a la debilidad histórica del Estado se suma un Gobierno sin incentivos para fortalecerlo o institucionalizarlo. Pero ya habrá tiempo para preocuparse por estas cosas más adelante. Por el momento, Evo no tiene relevo.

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