El liberalismo imposible. Vida y muerte de Juan Bustamante

Revista Poder

Mi blanco, mi fin único, es que las personas y las propiedades de los indios sean garantizadas por la ley. Esta debe proteger, igualmente, a todos los individuos que forman la gran familia del Perú.

— Juan Bustamante, 1867

Cuando la situación de corrupción y autoritarismo en Áncash se hizo escandalosa y generó finalmente una reacción desde el Estado central, más de un analista notó que durante años las élites limeñas habían estado más interesadas por la moribunda democracia venezolana que en los enclaves autoritarios que incubábamos fuera de Lima. Efectivamente, durante mucho tiempo produjo más chilla un tuit de Hugo Chávez que los crímenes de César Álvarez, y más indignación la escasez de papel higiénico en Caracas que el asesinato de periodistas en Ucayali. Pero no es solo el mundo de la política el que trasluce la distancia entre Lima y el resto del país. Ella también se pone de manifiesto en otras esferas. Aquí me interesa observarla en el ámbito de las ideas políticas a través de un personaje fundamental del liberalismo peruano y, sin embargo, un reverendo desconocido, un olvidado, y acaso habría que decir un marginado: Juan Bustamante. Puneño y liberal, Bustamante es un personaje central del siglo XIX peruano. Su vida, marcada tanto por sus alucinantes viajes a través del mundo como por su raíz andina, es una síntesis de los desencuentros nacionales, y su muerte, cruel como pocas otras en medio de una sublevación indígena, la escena final de una tragedia de la que resulta difícil sacudirse.

Bustamante nació en 1808 en una familia de clase media en la localidad de Vilque. Hijo de padre español y madre puneña, su lugar en aquel mundo estratificado siempre fue complejo. Un mestizo y notable en la planicie andina, a quien más tarde Lima se encargaría de hacerle confesar que “poco o nada saqué de mi padre”. Su educación fue precaria y, aunque iba a la escuela, no es seguro que terminase la secundaria. Fue, en realidad, un autodidacta. Su primer encuentro con el liberalismo se dio en 1824 al ver pasar a Simón Bolívar y sus tropas libertadoras por Puno. Pero a ese liberalismo fundacional se agregaría pronto uno derivado de su propio éxito como industrioso lanero: la fe en el libre comercio. Entre 1835 y 1840, Juan Bustamante hizo una fortuna considerable a partir del negocio de la lana, vendiendo y comprando sobre la ruta Cusco-La Paz-Arequipa y manteniendo contacto con firmas inglesas. Pronto, afirma Nils Jacobsen, su biógrafo más reconocido, Bustamante ganó más dinero del que necesitaba y decidió invertirlo en lo que marcaría el resto de su vida: viajar y servir al país antes que continuar incrementando su fortuna.

En 1839 es elegido diputado por primera vez. Su batalla principal es contra los “bárbaros militares” que han sumido al país en el caos y la pobreza, contra los caudillos; critica al Ejecutivo demasiado poderoso y reclama un Poder Judicial in- dependiente. Pero sus iniciativas fracasan y, peor aún, descubre que ser diputado (representante por alguna provincia) es en Lima un insulto, un insulto al que se suele agregar la palabra serrano. Y eso es él: un diputado serrano. Ante su decepcionante paso por el Congreso. Bustamante decide escapar del marasmo peruano e ir a Europa. El periplo de nuestro personaje es simplemente de asombro para la época: viaja a Nueva York haciendo varias paradas en Centro-américa y luego zarpa de Boston a Gran Bretaña, donde descubre la industria y el capitalismo visitando fábricas en Liverpool y Manchester. Pasa por varias capitales europeas. En Roma obtiene una audiencia con el Papa Gregorio XVI, se detiene en ciudades tan variadas como Damasco, El Cairo, Estambul y Jerusalén, para luego enfilar hacia la India y China, de donde regresa al Perú en un buque que atraviesa el Pacífico. En 1845 publica en Lima Viaje al Antiguo Mundo, libro que narra su aventura y donde es innegable su deseo de traer al Perú lo mucho que ha visto. De hecho, se lo dedica a sus “compatriotas del Perú”. “Ando en busca de lo útil”, confiesa con ímpetu progresista. Al volver a su región se populariza su apodo, “Mundo Puricuy” o ‘Viajero del mundo’. Pronto se lanza en un nuevo periplo. Está en París durante las jornadas revolucionarias de 1848 y luego emprende viaje hacia los países de Europa del norte y, tras pasar por Escandinavia, llega finalmente a Moscú. El libro sobre este segundo viaje aparece en Francia en 1849.

Estos viajes son fundamentales para cimentar sus convicciones liberales y republicanas. Pero si la experiencia cosmopolita sella estos valores, también lo convence de que ellos no son sino pisoteados diariamente en el Perú. Colisionan en Bustamante los ideales abstractos que comparte con las élites liberales de Lima con la experiencia de la servidumbre y la miseria que conoce en el sur del país. Como sugiere el historiador José Luis Rénique, Bustamante plantea por primera vez, con una legitimidad y hondura inédita, la pregunta fundamental de la república: ¿qué diablos era la patria criolla y liberal para millones de indígenas? En la sierra, maldecía Bustamante, el liberalismo constitucional es inútil frente a una “indolencia punible”. Y por eso es que Bustamante no puede de ahí en más confiar únicamente en una milagrosa constitución liberal. Cae en la cuenta de que hace falta más que eso para poder construir la república. Bustamante representa, entonces, la emergencia de una voluntad liberal atenta a nuestra circunstancia y no solo al principio abstracto.

En 1855 pelea junto a Ramón Castilla en La Palma y, como todo el establishment liberal peruano, combate por la abolición de la esclavitud, de la contribución indígena y ataca los derechos corporativos. Es elegido diputado ese mismo año y participa en la preparación de la constitución liberal de 1856. Sin embargo, ninguna de sus propuestas prospera en el Parlamento. En 1860 es nombrado prefecto en Huancavelica, luego en el Cusco, con lo cual se acerca nuevamente al Perú andino. Como explica Carmen McEvoy en un ensayo reciente y notable sobre nuestro personaje, el sistema político general estaba armado sobre las instituciones y actores que Bustamante quería eliminar. En Lima era enemigo del Ejecutivo, los caudillos, la Iglesia, los fueros militares, y en la sierra era detestado por la aristocracia provinciana (llamaba “los mandarines” a hacendados, prefectos y curas, anticipo indudable de González Prada, quien se referirá a ellos como “la trilogía embrutecedora”), cuyo poder justamente residía en que nada se alterara, una forma de gobernar localmente hermanada con aquellos poderes tradicionales limeños. Es decir, los ideales y la acción por la construcción de un Estado liberal que erosione un sistema antirrepublicano (que McEvoy ha reiteradamente llamado “el Leviatán guanero”) y que desvincule a las poblaciones indígenas del dominio gamonal y las reconduzca hacia la ley general y estatal eran la mejor forma de ser aborrecido no solo por algunos políticos, sino por todo un sistema. No es difícil de comprender el tipo de ataque que Bustamante sufrió desde la prensa limeña. Era percibido, afirma Jacobsen, como “un advenedizo y una molestia”. Sus referencias internacionales eran fuente de burla: ¿cómo podía alguien que “olía como las llamas” pretender dar lecciones de cosmopolitismo y hablar sobre “paises cevilizados” (sic)? A “Mundo Puricuy” le ponen otra chapa en Lima: el periodista Manuel Atanasio Fuentes lo rebautiza como “Don Burro Andante”.

La muerte de Bustamante revela varias contradicciones que jamás pudo resolver. Como tantos otros liberales, buscaba subvertir la tiranía, pero con igual convicción temía al caos que su caída podía desencadenar. De otro lado, como sugiere José Luis Rénique, aunque Bustamante pone en pie un liberalismo de notas andinas, en el fondo su ímpetu integrador se debía al miedo a que esas masas indígenas fuesen pastoreadas hacia un proyecto absolutamente desvinculado del liberalismo civilizador. Vale decir, temía que a las distancias de la política y la pobreza se agregase el hiato de la cultura. La rebelión de Huancané (provincia de Puno) en la que Bustamante termina involucrándose más de lo que se propuso, es el episodio final de estos desencuentros íntimos e ideológicos a los que alude Rénique y de las dinámicas políticas que subraya McEvoy.

En 1866 el Gobierno de Mariano Ignacio Prado, al cual Bustamante apoya, impone un nuevo tributo que las autoridades locales empiezan a cobrar abusivamente, y ello genera una reacción espontánea de varias comunidades puneñas. Ante la violencia y la posibilidad de que esta escale, Bustamante interviene en febrero de 1867 e intenta calmar los ánimos, pues conoce bien las comunidades, sabe de los abusos locales, y su condición de pradista y notable con contactos en Lima lo hacían idóneo para mediar en el conflicto. Una vez más parece destinado a hacer de puente. Pero en Lima el gobierno de Prado se descompone rápidamente y se preparan medidas drásticas contra cualquier sublevación, normas bautizadas como “la ley del terror”. Bustamante quiere desmovilizar a los indios, pero no puede apoyar la represión que se prepara. Ante las corrientes agresivas de cada orilla, Bustamante, una vez más, fracasa en ser puente. No habrá liberalismo integrador, parece sentenciar a la vejez. Al fracaso de la rebelión indígena solo seguirá, concluye, la consumación del orden contra el cual ha luchado por las buenas toda su vida: el de la barbarie local fusionada con el conservadurismo limeño. Ante ese escenario, solo le queda apoyar el levantamiento indígena, pues del triunfo rival jamás surgirá un orden republicano que redima al indio, que lo haga ciudadano. Bustamante viaja a Lima en julio de 1867 en un último intento por encontrar una salida pacífica y, junto con otros liberales, funda la Sociedad Amiga de los Indios. Pero la suerte de Bustamante queda atada a la del régimen de Prado, que cae finalmente Las tropas anti pra- distas del coronel Recharte, hacendado de la provincia vecina de Azángaro, enfrentan a las de Bustamante, que son masacradas. Setenta y un indios son apresados y recluidos en una choza a la cual se le prende fuego con los presos dentro. Cuando la hoguera termina de hacer lo suyo, Bustamante es obligado a cargar los cuerpos calcinados hacia una fosa común. Terminada la tarea, Bustamante es colgado por los pies de la rama de un árbol y su vida termina a golpe de machete. El informe de Recharte subrayará que no se trataba solamente de un foco pradista, sino de unos “secuaces del comunismo”.

En la derrota de la rebelión de Huancané y de su infortunado líder se oye el eco de una frustración mayor, la de un republicanismo popular, la de un liberalismo interesado en conciliar. Bustamante es, en términos latinoamericanos, un liberal más mexicano que peruano. Simultáneamente a la derrota de Huancané, Benito Juárez, ese indígena y liberal que aprendió español a los 17 años, expulsa de México a las fuerzas francesas y al emperador Maximiliano, que se habían atrevido a invadir “a la nación de Anahuac”: el liberalismo popular se vuelve ideología nacional en México. Y será el sentido profundo del liberalismo mexicano por mucho tiempo: “Corregir el liberalismo con el zapatismo”, recomendará el mismísimo Octavio Paz. Es lo que no germinó entre nosotros; en el México del siglo XIX, los Juan Bustamante triunfaron, esos brókeres federalistas y liberales, a medio camino entre la provincia y la capital que el historiador Peter Guardino ha estudiado con detenimiento y que fueron figuras clave para construir ese liberalismo popular.

Y si en términos comparados Bustamante es un liberal más mexicano que peruano, en términos de ideas es un personaje de Isaiah Berlin. Es más interesante que brillante; hay que entenderlo por los encontronazos que historia y biografía se pegan alrededor suyo y no por la sistematicidad de una filosofía. Como aquellos liberales rusos que sedujeron a Berlin —encrucijados entre la nitidez de la ilustración y las brumas de la estepa—, lo que alumbra en Bustamante son las penumbras de la contradicción. En su vida y muerte resuena la derrota de algo más grande, la de una tradición liberal propia y con arraigo más allá de señoritos bien leídos. Un tremendo agujero en nuestra historia intelectual y política. La importancia última de Bustamante, en fin, es la de interpelarnos, como sugería Scott Fitzgerald, desde la autoridad que brinda el fracaso.

NOTA FINAL

Se lo he preguntado a un par de nuestros liberales públicos y combativos: “¿Conoces a Juan Bustamante?”. “Ni idea”, responden. Es curioso y obliga a pensar los mecanismos a través de los cuales se construyen las tradiciones intelectuales; quién entra y quién queda fuera del canon. En los últimos años se han publicado varios textos académicos estupendos sobre Juan Bustamante (que he utilizado para construir este artículo, ver recuadro al lado), pero su relevancia no ha alcanzado a los liberales nacionales. ¿Por qué Bustamante no forma parte del linaje liberal nacional como Francisco García Calderón o Pedro Beltrán? Una primera respuesta podría ser que en los últimos años nuestros liberales públicos han estado ocupados leyendo a Rolando Arellano, estudiando traducciones de Hayek y discutiendo de oídas a Piketty. Pero no, no lo creo: es una explicación superficial. En realidad, es posible que la suerte del canon liberal esté atada al contexto político del país. Es decir, hasta hace algunos años Raúl Porras Barrenechea (por su influjo sobre gente como Mario Vargas Llosa o Hugo Neira) hubiera sido nombrado como un eslabón importante de esa tradición. A fines de los noventa, bajo el auspicio de Francisco Tudela, los reflectores liberales se dirigieron hacia Francisco García Calderón. Pero en los prósperos años 2000, el capitán del equipo liberal peruano es Pedro Beltrán. Y no me pa- rece tan sorprendente, pues la mezcla de librecambismo (un pionero) y conservadurismo del hacendado cañetano se amolda bien a nuestros días. Tal vez fue el primer peruano directamente influido por el monetarismo, pero también quien le cedió terrenos al Opus Dei para que estableciese una institución educativa en Cañete. Así, por el momento, ese es el combo más representativo del liberalismo que tenemos en el país. Tal vez el viento sople en otra dirección en el futuro. Aunque, ya saben, Juan Bustamante no se lo creería.

En los últimos años han aparecido algunos textos importantes sobre Juan Bustamante y la rebelión de Huancané que he utilizado para este artículo. El libro más reciente es Juan Bustamante y los límites del liberalismo en el Altiplano: la rebelión de Huancané (1866-1868) (Lima, 2011, Asociación Servicios Educativo Rurales-SER), compilado por Nicanor Domínguez, donde aparecen dos artículos de Nils Jacobsen (traducidos) y se reproducen varios documentos de la vida y la rebelión de Bustamante. El ensayo “No hay república sin indios: Juan Bustamante y su proyecto integrador” aparece en el libro más reciente de Carmen McEvoy, En pos de la República: ensayos de historia política e intelectual (Lima, 2013, Centro de Estudios Bicentenario, Municipalidad Metropolitana de Lima, Asociación Educacional Antonio Raimondi). José Luis Rénique estudia a Juan Bustamante en el primer capítulo de su libro La batalla por Puno. Conflicto agrario y nación en los Andes peruanos (Lima, 2004, IEP, SUR y CEPES).

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