Los ciudadanos por el cambio y la hermandad musulmana

Revista Poder

Hace un par de años todos nos preguntábamos cómo así Ollanta Humala había desaparecido de la escena pública nacional. Lo dábamos por muerto. En esa misma época y en otras latitudes, analistas igual de sesudos se preguntaban por las causas de la estabilidad de varios regímenes en los países árabes, en especial el longevo y sólido régimen de Hosni Mubarak que durante 30 años condujo con puño firme Egipto. Apenas seis meses después (digamos, enero de 2011) los primeros rayos de sorpresa clareaban el cielo sereno. Resucitaba Humala gracias al desplome de Alejandro Toledo y la plaza Tahrir recibía a sus primeros miles de manifestantes para protestar contra el régimen militar de Mubarak. En marzo, este ya había renunciado a la presidencia, la retórica de la ‘revolución’ se imponía en Egipto y la de la Primavera Árabe en el mundo. Al mismo tiempo, Humala pasaba a encabezar las encuestas peruanas, se aseguraba un lugar en la segunda vuelta y resanaba la retórica de la Gran Transformación. A la postre, los milita res egipcios aceptaron la convocatoria a elecciones generales y, a este lado del mundo, Humala asumía la presidencia del Perú. Sorpresas te da la vida.

Las sorpresas han continuado. Principalmente, al constatar que los actores que empujaron con más decisión el cambio inesperado en ambos países fueron, poco a poco, perdiendo espacio en el proceso político y desvaneciéndose, junto a ellos, las posturas que defendían.

En el caso peruano, los perdedores han sido las personas vinculadas a la izquierda que rodeaban a Humala (sobre todo los llamados Ciudadanos por el Cambio) a quienes no pasa una semana sin que veamos en algún medio derramando lagrimones despechados por la traición del comandante. Los dejaron fuera sin que le importe a muchos y la política peruana continuó dominada por viejos conocidos: ministros pragmáticos ‘sin ideología’, cuadros militares bendecidos por la fortuna de compartir promoción con los flamantes strongmen y nuevos gobernantes embobados por las buenas maneras de unos empresarios locales duchos en la fina faena de franelear a quienes antes detestaban. Así, hemos reemplazado el “cambio responsable” de Alan, por la “gran transformación sin sobresaltos” de Humala. Bienvenidos al ritual de lo habitual.

En el caso egipcio quienes fueron marginalizados del proceso político son los sectores liberales y urbanos, cosmopolitas y jóvenes, que dieron vida a la revolución y que buscaban la tarea complicada de eliminar la dictadura militar y, al mismo tiempo, evitar que el país cayese en manos islamistas. Sin embargo, tras las elecciones legislativas y presidenciales de hace algunas semanas, no brillan en la política egipcia gente como Wael Ghonim, el joven directivo de Google que fuera figura emblemática de las jornadas de protesta en la plaza Tahrir; tampoco el respetadísimo Mohamed El Baradei, exdirector de la Agencia Internacional para la Energía Atómica (y Premio Nobel de la Paz en el 2005 junto a su equipo), quien llegó a Egipto con todo el apoyo de occidente para establecerse como un actor moderado que podría hacerse cargo de la transición egipcia.

No es esta elite, entonces, la que ha sacado provecho del fin del gobierno de Mubarak ni de la llegada de las elecciones. Quienes hoy se reparten el poder son los enemigos de toda la vida. De un lado, los militares, quienes desde los años cincuenta establecieron un Estado autoritariamente laico; del otro, la Hermandad Musulmana, la organización islamista fundada en la primera mitad del siglo XX, principal opositora al proyecto laico y militar, y largo tiempo proscrita. La presidencia de la República está en manos de un hermano islamista libremente elegido (Mohamed Morsi, el primer presidente civil en 60 años) y en las de los militares, quienes dominan el Estado desde el todopoderoso Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (real poder en el país que ha disuelto el parlamento y reducido las atribuciones del presidente). Definitivamente, los jóvenes de la plaza Tahrir no hicieron la revolución para obtener este resultado. ¿Cómo así los promotores de la Gran Transformación en el Perú y los jóvenes liberales de El Cairo quedaron en off side tan rápidamente? Más que una historia de traiciones, es una historia de organizaciones. Los liberales de El Cairo formaron un movimiento civil, poderoso, insurrecto, amorfo y con gran legitimidad internacional. Esas masas urbanas y descontentas fueron lideradas por una elite integrada al mundo contemporáneo (hablan inglés, son entrevistados por CNN, tuitean la revolución). Pero era una sociedad civil en estado latente, cruda, desorganizada y de vínculos débiles con el país alejado de la capital. Cuando el tiempo de la pura movilización social dejó su lugar a la política electoral, los activos principales de esta elite se devaluaron. La espontaneidad del movimiento impedía que los liderazgos surgidos de la revuelta fuesen encuadrados en partidos u organizaciones estables (más bien inexistentes bajo la dictadura). Así, en la última elección presidencial, al menos cinco candidatos dividieron el voto no-islamista dando lugar a una segunda vuelta que los liberales egipcios debieron percibir, como sus pares peruanos, como una entre el cáncer y el sida: el islamista Mohamed Morsi y el candidato representante del régimen caído, Ahmed Shafiq, quien había sido primer ministro de Mubarak . A la codicia y división de los movimientos laicos anti-Mubarak, se sumó su nula capacidad organizativa. A diferencia de estos, la Hermandad Musulmana, que no participó en las jornadas de protesta en Tahrir, es una densa organización religiosa, social y política desplegada sobre el territorio egipcio a través de mezquitas y proyectos sociales que brindan el único apoyo que recibe gran parte de la población pobre y rural de ese país. En la elección parlamentaria, el partido político de la Hermandad Musulmana obtuvo algo menos del 50% de escaños y luego en la presidencial, a pesar de no presentar a su líder principal, ha terminado ganando la presidencia. Junto a las Fuerzas Armadas, la Hermandad Musulmana es la única organización capaz de desplegarse sobre el territorio y población de un país de 80 millones de habitantes, lo cual le ha permitido ser la principal beneficiada de unos cambios que desencadenaron otros.

Para Humala los Ciudadanos por el Cambio fueron útiles mientras no tenía opciones de ser presidente. En aquel tiempo ellos podían escribirle un plan de gobierno, crearle un eslogan, ponerlo en contacto con un par de organismos internacionales y discutir ad infinitum las reformas necesarias para el país. Pero carecían de toda organización. Cuando Humala asumió el poder y debió enfrentar su problema principal (las movilizaciones sociales) este grupo de amigos no tenía nada que ofrecerle al presidente, ni bases, ni operadores, ni locales partidarios, ni capacidades fuera de Lima (en Lima tampoco, en realidad). Peor aún, carecían de un viejo activo que ha permitido que más de un político u organización sobreviva: la amenaza. Verbigracia: Si te deshaces de mí te saltarán al cuello las cadenas de televisión, o sacaré los sindicatos a las calles, o te dejaré sin mayoría en el congreso, o me llevaré a mis ministros, o los alcaldes de mi partido se levantarán, etc. En resumen, eran incapaces de ofrecer apoyo eficaz y no tenían dientes a la hora del chantaje. Más que un asunto de generar grandes ideas, la política es el oficio de llevarlas a cabo. ¿Qué otro destino les quedaba sino el de la puerta falsa?

Por el momento, en el Perú y en Egipto los ganadores son las fuerzas de siempre, las únicas organizadas. El riesgo ahí donde hay una sociedad civil débil, como en estos países (cada cual con sus particularidades), es que las pocas fuerzas organizadas no suelen ser las más democráticas, y a veces ni siquiera civiles. La ausencia de sindicatos, partidos o movimientos sociales favorece, por ejemplo, a las Fuerzas Armadas que cuentan con recursos y presencia en todo el país a disposición de los gobernantes. Y tal situación, además, socava las posturas del electorado más urbano que, aunque aritméticamente sea menor que aquel de impulsos autoritarios, se convierte en irrelevante políticamente debido a su total falta de organicidad. En lugar de seguir rumiando traiciones (que, por lo demás, eran largamente previsibles), los Ciudadanos por el Cambio harían mejor en dejar de ilusionarse con nuevos caudillos y apostar a algún tipo de organización. Si no, ellos, así como los liberales sin organización, seguirán perdiendo siempre ante las Fuerzas Armadas o algún tipo de Hermandad Musulmana.

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