Notas de viaje

Revista Poder

MARZO

Hoy llegué a Lima. En la tarde paré en la pastelería San Antonio a tomar un buen vaso de chicha morada. Apoyado contra el mostrador donde se sirven los sánguches, Beto Kouri devoraba uno. Con desdén se dirigió al mozo: “¿Servilletas?”; pero yo escuché: “doctor, ¿sobre la posibilidad de recuperar la inversión en mi campaña?”. Aunque hubiera querido zarandearlo con algún comentario (preguntarle cómo va su camioncito pescadero, por ejemplo), terminé callando; después de todo el hombre ha pasado largo tiempo en la cárcel. Y en un futuro muy cercano tendremos que convivir con mucho indeseable salido de las prisiones peruanas. Toca soportarlos. Que coma su sánguche en paz.

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Políticamente el Perú es cada vez más precario. Pero curiosamente esa precariedad general viene acompañada de un fortalecimiento inesperado y crucial para nuestro sistema político: ya nadie aspira a defenestrar al Presidente de la República. Ni la protesta social provinciana ni la derecha capitalina lo tienen ya en agenda. Es un cambio mayor. Hace muy poco no era así. A Toledo lo quería echar todo el mundo, desde los frentes regionales hasta El Comercio, que le pidió que diese un paso al costado. Qué importante que los de arriba y los de abajo fracasasen en ese intento.

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Caminando por Quinua, a una hora de Huamanga, me metí a la escuela primaria del pueblo. El director me invitó a recorrerla mientras él intentaba solucionar unos problemas informáticos con los cuales yo, lamentablemente, no pude ayudarlo. En el segundo piso fisgoneé al profesor de tercero de primaria con sus niños. Los alumnos debían recitar un poema. Pero uno de los estudiantes se negó a hacerlo pues su papá le había dicho que no pierda el tiempo con esas tonterías, que debía estudiar matemáticas para ser un ingeniero civil. El profesor retrucó: “debes desarrollar tu memoria y tu capacidad lectora”. “No”, respondió tajante el niño, “yo voy a ser un ingenierazo”, lo cual desató la risa de sus compañeros y del mismo profesor. Aproveché el barullo para alejarme mientras pensaba en este furor por el conocimiento práctico que atraviesa el Perú, por esta devoción a la ingeniería que comparten el papá seguramente campesino de este niño ayacuchano y nuestro ex ministro de Economía Carranza, que vivía agobiado con la proliferación de tanto cocinero inútil.

Por lo demás, si todo el mundo está de acuerdo en que el 5 de abril y Alberto Fujimori dieron un golpe de timón a la política nacional, algo de este ’ingenierismo’ forma parte también de esa ecuación. Después de todo, Fujimori era un conspicuo ingenierazo y los cuadros del fujimorismo casi una sección del colegio de ingenieros.

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Deambulo por el centro de Arequipa buscando el local del APRA. Debería estar cerca pero no doy con él y quiero ver cómo anda de actividad la Casa del Pueblo en una noche cualquiera. Como estoy algo perdido le pregunto por el local a dos jóvenes en medio de la calle. Tras mi pregunta se miran en silencio un par de segundos hasta que uno le exclama al otro, “¡ah, ya! ¡Ahí donde son las clases de baile pe!”. Así que me dirijo hacia allí mismo, si no encuentro militantes al menos entrevistaré a los wachiturros locales. Sin embargo, al ubicarlo, puertas y ventanas están absolutamente cerradas y no hay pinta de que ahí se lleve a cabo nada, ni político ni dansant.

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Hay plata en Arequipa. Quería entre- vistar a un empresario local y me dijeron que me tocaba esperar a la próxima semana pues el hombre está toda la semana viendo el campeonato de tenis Sony Ericsson en Miami. Luego llamé a otro quien, muy amable, me dijo que, cómo no, podríamos vernos, pero debía ser hoy o mañana pues ha comprado un nuevo avión y el fin de semana lo va a volar por primera vez.

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Esta tarde me dieron un dato que no tengo forma de verificar pero suena verosímil: el libro más vendido por los piratas arequipeños es Mi Lucha, de Hitler.

ABRIL

Ya me lo habían dicho en Huanta y lo he vuelto a oír hoy en Cusco. Al preguntar por un supuesto viraje hacia la derecha por parte de Humala, por una suerte de traición hacia su electorado, una de sus votantes me ha respondido, palabras más, palabras menos, lo mismo: “¿Traición?, ¿por qué traición? Aquí está viniendo bastante el Presidente”.

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Hoy entrevisté a don Teodoro Portugal. Líder histórico de Acción Popular en el Cusco, fundó el partido en 1957, en Lima, junto a Fernando Belaunde y otros delegados de todo el país. Ya viejito, mantiene intactas la lucidez y sus convicciones democráticas. En estos días en que unos y otros tratan de establecer si el golpe de Estado de Fujimori fue más o menos nocivo que el de Velasco –una suerte de ‘vale todo’ entre autoritarios de izquierda y de derecha– conversar con don Teodoro es una feliz manera de recordar que en este país no solo ha existido la tradición autoritaria de uno y otro signo, sino también una vinculada a partidos genuinamente democráticos, que creían en las elecciones como forma de acceder al poder, que desconfiaron tanto de la dictadura proletaria como de la militar. Nos recuerda que tenemos una tradición democrática y que no la celebramos lo suficiente.

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El chofer del auto que me llevó ayer a Sicuani resultó haber sido soldado del ejército en las zonas altas de Ayacucho y Apurímac entre 1989 y 1992. Asu, pensé. Sin mayor futuro en el empobrecido Cusco de fin de los años ochenta, Álvaro decidió enrolarse en el ejército sin imaginar que inmediatamente sería destacado a las alturas más frías, olvidadas y violentas del país. Rapidito me quise regresar al Cusco, dice, pero no me dejaron. Luego aprendió a patrullar, a hablar el quechua de la zona, se hizo de amigos y terminó quedándose tres años completos. “Mucha cosa fea vi”, remata su historia. Le pregunto por la relación que había entre los habitantes de la zona y Sendero Luminoso y me responde con seguridad que la gente apoyaba a los terrucos, les daban comida, los protegían. Mi conocimiento libresco me dice que para finales de los ochenta los campesinos no tenían simpatía hacia SL, que si tuvieron alguna ella no fue más allá de 1982 pero quién sabe así que repregunto, “¿pero este apoyo era por convicción o por miedo?”. Álvaro sonríe, “¡ah! cómo podría uno saber eso, ¿no, míster?”. Y volvemos al principio: asu.

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Al salir esta mañana en busca de unos tamales para el desayuno nos hemos cruzado, mi mamá y yo, con un viejo senderista que, luego hemos sabido, es su nuevo vecino. Tras ser extraditado, pasar unos breves meses en la cárcel y por varios juicios, es ahora un hombre libre de polvo y paja. Que no se haya probado su relación directa con la organización senderista a la que defendía acalorada mente desde el extranjero puede dejarlo fuera de la prisión, pero no lo instala fuera de nuestro desagrado. Bien campante el barbudo. En fin, el día que llegué a Lima me crucé con Beto Kouri y ahora un día antes de irme, zas, con un senderista. Ya sé que ambos han arreglado sus cuentas con la justicia y, por formal extensión, con la sociedad, pero ¿realmente estamos listos para lidiar con toda esta gente saliendo de las cárceles? ¿Y por qué nuestra política, más que ninguna otra en el continente, debe estar atravesada por esta prominencia de la prisión y el crimen, el maleante y el asesino? Creo que tengo tema para mi columna en PODER. Y hasta título: “la ciudad y la cárcel”.

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