La increíble y triste historia del cándido partido, su desalmado jefe y las fantásticas oportunidades que dilapidaron juntos

Revista Poder

“La verdad: no me interesa”.

Alan García aludiendo a la candidatura aprista a la alcaldía de Lima

“Yo no sé por qué teníamos que escoger a esta chica como candidata”.

Javier Valle Riestra

Hace un año exactamente, en la edición de febrero del 2010 de esta revista, publiqué un largo reportaje sobre el Partido Aprista Peruano. Durante un mes y medio emprendí viaje al aprismo: estuve en el “sólido norte”, conversé con la plana mayor del partido y con la militancia, leí los textos clásicos y las nuevas disputas en Internet, me acerqué a más de un local partidario incluyendo, claro, el de Alfonso Ugarte. Terminé aquel recorrido con la sensación de haber realizado una prematura necropsia. De hecho, más de una persona me criticó el tono sombrío del texto, pues había mostrado un partido extraviado en términos ideológicos, institucionalmente precario, con una militancia ignorada y marchita, envenado de caudillos sin ideales y, por último, oprimido por el ego ventral de Zeus. Casi terminé con Vallejo: perdonen la tristeza.

Un año después, el APRA no tiene candidato presidencial. Terminó de suicidarse en lo que ha sido el primer reality político de la televisión nacional. Todos los actores se comportaron como dignos competidores de Survivor. Un grupo de congresistas ansiosos por ser reelegidos recibieron unas encuestas (esas cartas astrales) que aseguraban que Mercedes Aráoz era lo único en las inmediaciones del APRA que no despertaba abiertos rechazos en el electorado, y que, según parecía, la población podía dejarse seducir por esta simbiosis de Luciana León y Luis Carranza. Los congresistas se relamieron. Ella se emocionó. Alan García se opuso, pero Aráoz ya estaba embalada y los congresistas le aseguraron al jefe máximo que los planetas estaban alineados con ella. La militancia aprista nunca fue consultada y la letanía permanente de Aráoz asegurando ser “la candidata del pueblo aprista” tenía tanta veracidad como una cachetada de payaso. Luego se compró un pleito ajeno con Jorge del Castillo. Aquí comenzó a percibir su error y su soledad. No podía apoyarse ni en Zeus ni en la militancia, y un puñado de compañeros la alentó a hacer lo que ellos solos no consiguieron durante varios años: liquidar a Jorge del Castillo. Y perdieron. Ella y sus valedores. En el último episodio del reality —alrededor de una fogata en la salvaje y derruida isla aprista—, Alan García y Jorge del Castillo, tras sus recelos personales, confirman que son los únicos políticos de verdad en esta historia.

Entonces, el APRA se prepara para su peor actuación electoral en la historia del Perú. No tendrá candidato presidencial y es probable que no consiga representación en el Congreso 2011-2016. Honesta- mente, aunque mi relato de hace un año era sombrío, tampoco anticipaba una debacle de estas proporciones. Pensaba que una candidatura de Javier Velásquez Quesquén conseguiría 7% de los votos y con ella lograrían una representación parlamentaria reducida pero crucial. O sea, si bien al APRA le tocaba bailar con la más fea, al menos iría al baile.

¿Cómo así se quedó sin fea ni baile? ¿Era inevitable un fracaso tan rotundo? La aventura fallida de Aráoz no es más que la anécdota final de una década en la cual el APRA dilapidó la fortuna de contar con una inesperada segunda oportunidad en la historia del Perú. Error tras error, erosionaron la capacidad de consolidarse como el único partido nacional.

El año 2001, luego de una década para el olvido, Alan y el APRA volvieron. García perdió con Toledo, pero el APRA reapareció como la primera fuerza en las instituciones estatales. Consiguieron un cuarto del Parlamento y al año siguiente, en una elección en la que no participaba García, ganaron doce presidencias regionales. Una verdadera segunda oportunidad que nadie esperaba luego de la desastrosa gestión de 1985-1990. Pero pronto varios de sus presidentes regionales no dieron la talla y un par de ellos fueron vacados por corrupción. En la elección regional del 2006, ya solo obtuvieron dos presidentes regionales y en la del 2010, apenas uno. Y el número de votos, de la primera elección regional a la última, se redujo más de la mitad (10% el 2010). Esta ineficiencia y corruptela se verificó cuando en la segunda mitad de la década se hicieron del gobierno nacional. Un buen grupo de la plana mayor aprista fue “renunciado” por algún escándalo de corrupción o de ineptitud: Jorge del Castillo, Luis Alva Castro, Mercedes Cabanillas, Omar Quesada, Fernando Barrios, etcétera… Así, al margen del nivel de gobierno que observemos, las gestiones apristas fue- ron día a día desperdiciando la segunda oportunidad.

Además de la mera ineficiencia gubernamental, relucían el despelote político y la ausencia de instituciones partidarias. Recordemos que en el 2006 la militancia eligió a un joven cuadro aprista para que fuera candidato a la alcaldía de Lima pero la dirigencia prefirió el personaje “carismático” e impuso de candidato al “sheriff” Benedicto Jiménez, quien a la postre solo consiguió 13% de los votos. O el 2010, cuando, en otro reality, Carlos Roca fue apuñalado y el partido terminó sin candidato a la alcaldía de Lima. Es decir, la brújula electoral e institucional ha estado averiada por largo tiempo, lo que ha incidido también en el desenlace. Por último, está el desalmado jefe. El año 2009 hice una investigación en Argentina y recuerdo que Juan Carlos Torre (politólogo argentino) me dijo: “El problema con los Kirchner es que le dedican demasiado tiempo al partido peronista y muy poco tiempo a gobernar”. Inmediatamente pensé: “Tal vez la desgracia de los apristas (y la suerte de los peruanos) es que García hace exactamente lo contrario”. Alan García ha manejado su partido a caballo entre el desgano y el rechazo. Ha carecido de grandeza para formar cuadros jóvenes que pudiesen darle aire al partido. Más bien, se satisface levantando y desinflando liderazgos, enemistando a unos y otros. Y, sobre todo, se felicita de gobernar con sus nuevos amigos ricos, reaccionarios, poderosos y blancos. No abundan con estas características en Alfonso Ugarte. Piña, compañeros. Todavía me impresiona haber visto a García declarar a la prensa, y delante de Javier Velásquez Quesquén —¡su Primer Ministro!—, que Luis Castañeda era su candidato presidencial para el 2011. Pobre “Sipán”, se pulió como premier, quería ser candidato, y García lo humilló en público. Como si en Brasil, en lugar de apostar por alguien de su partido, “Lula” hubiese intentado que ganase alguien ajeno al PT.

Así, la candidatura abortada de Mercedes Aráoz es mucho más el último eslabón de una larga década de errores que una novedad. El APRA tuvo una segunda oportunidad en el país, pero se la fumaron como hacía Valeriano López con los billetes de cien dólares. Este fracaso decapita el mito del pueblo aprista, de la organización aprista, del voto escondido aprista. Como ha escrito recientemente Javier Barreda (viceministro de Trabajo), durante muchos años el partido se autoengañó al tomar como referencia de su fortaleza electoral la votación de Luis Alva Castro en 1990 (22%) y no las de Mercedes Cabanillas y Abel Salinas en 1995 y el 2000 (4% y 1%, respectivamente). Ojalá el duelo aprista prosiga en esta vena reflexiva y no se entregue, con fe de carbonero, a una candidatura de García en el 2016.

A los ciudadanos de a pie, por lo pronto, solo nos queda confirmar (si necesitábamos confirmación) que ahora sí los partidos ya fueron. Ya no hacen falta locales partidarios pues los encuentros se hacen en Facebook. Y para divulgar ideas ahora tenemos los 140 caracteres del Twitter: la utopía del político analfabeto. ¿Quién necesita partidos?

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