Lourdes y Kouri: Novedades tras los rostros de siempre

Revista Poder

Lourdes Flores parece haber decidido ser candidata a la alcaldía de Lima. Si el PPC ratifica la decisión, al frente estará Alex Kouri, quien pensaba tener la elección en el bolsillo y ahora observa que una candidata de peso nacional le ha salido al frente. El duelo promete. Una encuesta de Apoyo y otra de la Universidad de Lima le otorgan una ventaja estrecha a Kouri (el resto de postulantes casi desaparece producto de la polarización). Aunque ambos candidatos son viejos conocidos, verlos batiéndose por el sillón municipal de Lima refleja varias novedades interesantes en la política peruana. Los personajes son los mismos, pero la postal tiene nuevos colores… acaso los de una estación distinta.

Kouri y Flores compartieron la cuna pepecista, pero luego sus vidas se distanciaron. Kouri debutó en política haciendo de partero de la constitución de 1993 junto a los fujimoristas y fue aliado de estos durante todos los noventa. Flores, en cambio, es de las pocas personas de la derecha peruana que durante los noventa no andaban de geisha. También se diferencian en su éxito electoral. Aunque jugando en ligas distintas, Kouri no ha perdido una elección de 1993 en adelante (CCD en 1993, alcalde del Callao 1996-2006, presidente regional del Callao 2007), mientras que la última elección que Flores ganó fue en 1993, cuando fue elegida constituyente. Finalmente, aunque ha resultado inexplicable su ofrecimiento de achicharrarse las manos por Cataño, convengamos en que Flores no llega con los galones que adornan a Kouri en materia de cuchipanda tesorera ni en el fino arte de calentarle la oreja a Vladimiro Montesinos con negocios turbios.

Entonces, comparten la cuna política y ser vástagos de los años noventa, pero los separan el éxito de sus empresas electorales y sus afinidades con el fujimorismo. Y es este último punto el que me parece central. De pronto, 10 años después de que Fujimori renunciara por fax desde Japón, asistiremos a una elección que reproduce las tensiones políticas del fin de los años noventa: fujimorismo y antifujimorismo. Porque esa será la atmósfera que acompañará la campaña. Más allá de si es justo o no que Lourdes Flores monopolice el linaje antifujimorista (de hecho, no lo es), en este contexto será así. En definitiva, Lima desde hace un buen tiempo se ha convertido en un bastión derechista (una ciudad, diríamos, raptada por una cultura política pepecista) y esta elección municipal mostrará una división más que interesante: la derecha fujimorista contra la derecha antifujimorista. Lo cual, desde luego, debe ser leído también en términos más amplios pues detrás de la dicotomía concreta residen otras abstractas: autoritarismo contra democracia y roba-pero-hace contra puro-floro.

Así, la década fujimorista no nos ha legado solamente una constitución, un modelo económico, una forma prepotente de hacer política, una hija ambiciosa y su hermano desequilibrado y kilómetros de paredes anaranjadas. También nos ha legado algo más sutil, una forma de articular algunas de nuestras comprensiones políticas. Una suerte de dicotomía laxa para clasificar nuestras simpatías y repudios. Al menos para la coyuntura actual y limeña, la oposición entre fujimorismo y antifujimorismo parece articular bastante bien las apreciaciones políticas del electorado. Esto es a todas luces una novedad en el panorama político nacional.

Y esto tiene también una correlación sociológica del lado de la composición del voto. Si observamos la encuesta de Apoyo que ya he citado, se percibe que la forma como se distribuye el voto del dueto Kouri/ Flores a lo largo de las clases sociales limeñas es muy similar a la forma en que se distribuye el voto del dueto Keiko/Castañeda en el ámbito nacional y presidencial. Tanto Flores como Castañeda (a quienes podemos catalogar como candidatos de centro-derecha) recogen muchos votos entre los prósperos del país, pero se desinflan conforme se acercan hacia los de abajo. Keiko y Kouri (la dupla KK), en cambio, hacen la progresión inversa, cosechan mucho entre los pobres (¿pobres de derecha?) y bastante menos entre los pudientes. Pienso que esta simetría entre los duetos es realmente importante para entender la forma en que va estructurándose el electorado, tanto hacia las municipales como hacia la presidencial.

Un tercer punto novedoso está relacionado con la arena donde se llevará a cabo esta justa: una elección municipal. Podríamos estar asistiendo a una descentralización de la política en la que el único premio codiciado por las figuras importantes ya no es la Presidencia de la República. Esta descentralización política también permite “ascender” de municipios o gobiernos regionales más pequeños a instancias de mayor calibre. Así, como en el box, los púgiles pueden ganar kilos o perderlos para ir a una categoría distinta de donde solían pelear. En este caso, Lourdes Flores baja del peso pesado nacional a pelear por el título semipesado de Lima, contra un contrincante que viene de ser el rey de los wélter y se echa unos kilos más encima para ir por una categoría superior.

Es importante notar que estos dos casos reflejan un fenómeno más extendido. El premier Javier Velásquez Quesquén declaró alguna vez que quería dejar el Congreso para postular a la presidencia regional de Lambayeque. Susana Villarán ha pasado a jugar en la municipal limeña. Castañeda deja la municipal para ir a jugar la nacional con las apuestas a su favor. Y en el interior del país la dinámica se repite: alcaldes exitosos tentarán las presidencias regionales, lo mismo que algunos congresistas.

Creo que esto se debe a dos fenómenos relacionados. Desde el año 2001 hemos tenido varias elecciones libres y justas que han ido dando un indicador de los pesos “reales” de los contendores políticos (que pueden variar en el mediano plazo, claro). Pero, poco a poco, el wélter asume que no está para peso pesado y el peso mosca noqueador se entusiasma con la categoría superior. A su vez, esto es posible porque desde el año 2002 ha habido un proceso de descentralización política en el país, acompañado de un crecimiento económico importante. Así, regiones y municipios tienen más para gastar que hace una década, y, por lo tanto, tales posiciones pueden ser útiles para ganar réditos políticos. Y si pensamos en las regiones que tienen derecho a canon por minerales, el puesto de presidente regional puede convertirse en un espacio muy apetecible (mucho más que el de vituperado congresista que no cuenta más que con su sueldo para “hacer obras”).

Hace algunas semanas, el politólogo Carlos Meléndez me envió un artículo suyo muy interesante –y aún inédito– en el que critica a sus pares peruanos pues siempre andamos fijándonos en las profundas contradicciones sociales del país para entender nuestra política (a mí me caía directamente). Solemos aludir a grandes rupturas entre el país urbano y rural, el moderno y el tradicional, el rico y el pobre, etc. Él, en cambio, argumenta que las opciones políticas también se estructuran desde otro tipo de problemáticas menos “sociales” y más “políticas”. Entre otros ejemplos menciona reformas institucionales que pueden generar divisiones partidarias importantes o que el legado de una dictadura también puede dar lugar a oposiciones “anti / pro dictadura”. En su artículo Meléndez no brindaba mayores ejemplos, pero pienso que lo que he desarrollado en esta columna va en la dirección de lo que él perspicazmente sugiere. La descentralización con crecimiento económico, de un lado, y las simpatías y repudios hacia el gobierno de Fujimori, del otro, pueden estar poniendo cierto orden en nuestra competencia política, en nuestras representaciones. Porque aun cuando los personajes del sistema político peruano siguen siendo los mismos, los papeles, las reglas y las costumbres con los cuales venían jugando comienzan a variar.

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