Por una izquierda civilizada

Revista Poder

Según lo que adjetive, civil puede significar: no astronómico, no de la corona, no eclesial, no en especie, no estatal, no exterior, no familiar, no militar, no natural, no noble, no penal, no religioso, no salvaje.

Gabriel Zaid

Me desconcierta la izquierda que se cuadra a las órdenes del comandante Ollanta Humala, o esta nueva que se cobija en la sotana de Marco Arana. La izquierda peruana (o sea, ese puñado de amigos a quienes insistimos en llamar “la izquierda”) se entrega a quienes considera los dos únicos líderes en condiciones de aguar la fiesta neo liberal. No son el ideal, aceptan, con el rostro cargado de derrotas electorales, pero qué queda, ¿permitir que continúe el festín derechista? Vaya consuelo.

Yo, en cambio, prefiero pensar con Maquiavelo que las guerras es mejor perderlas con armas propias que ganarlas con ajenas. Y rosarios y reservistas son armas ajenas para la izquierda –en mi forma de entenderla, claro–, armas importadas de cuarteles e iglesias, de las esferas no civiles de la República. De aquellos espacios donde no reina el ciudadano sino la corporación, donde predominan el mando y la obediencia, donde la deliberación y la duda son omitidas, donde se imponen el uniforme y la jerarquía sobre la extravagancia y la igualdad. Una izquierda presidida por un cura o por un comandante, dinamita mis anhelos anarquistas de ir por la vida sin dios ni patria. Y yo pensaba que anarquistas y socialistas compartían ese origen laico y civilista, enfrentado a las corporaciones (el Ejército, las Iglesias, las naciones), que entusiasmó al progresismo del mundo entero. Y no deja de ser paradójico que una izquierda tan dada a la exaltación de la “sociedad civil”, cuando se trata de encontrar candidatos presidenciales, priorice, más bien, a la sociedad no civil.

A Ollanta Humala le molesta que se haya abolido el servicio militar obligatorio, sus reservistas (remake de las huestes fascistoides de los urrelos de Sánchez Cerro en los años treinta) han caminado el país entero con su uniforme de luto severo, durante su campaña nos ofreció “comandar” el país y no gobernarlo, nos intoxicó con sus exaltaciones patrióticas y antichilenas y otras perlas alejadas de la izquierda civil. Pero, claro, el propio Humala se define como nacionalista, y no como socialista, por lo cual no estamos ante una inconsistencia suya, sino de la izquierda que lo escolta. Pero la izquierda que lo acompaña cree que porque le brinda algún lustro intelectual a su candidatura (por ejemplo, le soplan el título de su plan de gobierno, “La gran transformación”, que extrajeron del libro genial de Karl Polanyi), va a controlar los impulsos militaristas del comandante y sus cercanos.

Cuando leí en los periódicos que el padre Marco Arana había desfalcado de técnicos e ideólogos –no devotos– al Partido Socialista de Javier Diez Canseco, recordé a Séneca: “la gente común considera a la religión como verdadera, los inteligentes la consideran falsa y los políticos la consideran útil”. Arana se ha lanzado a la presidencia con el movimiento Tierra y Libertad. Dice responder en términos ideológicos al “ecologismo político” que, según ha explicado, consiste en armonizar los derechos sociales con los ecológicos (¿y los derechos individuales?). Asumo que socialistas y ecuménicos deben converger en dos puntos: los socialistas descreídos del mercado se encuentran en feliz abrazo con la medieval desconfianza de la Iglesia hacia la usura, y, en segundo lugar, el rechazo al gran empresariado de los ex Diez Canseco se encuentra con el ruralismo eclesiástico del padre. “La ciudad ha vivido de espaldas a la sabiduría indígena y amazónica”, le he oído a Marco Arana. Y seguirá de espaldas, porque el Perú es cada vez menos rural. Si en 1981 el 35% de la población era rural, en el 2007 ese porcentaje ya había descendido a 24%. Y, por último, está el componente postmoderno de la propuesta: “hay que construir un estado plurinacional”. ¿Y cuántas naciones tiene el Perú? ¿Treinta y seis, como establece la nueva Constitución boliviana? Finalmente, tanto en el debate sobre el aborto como en el de la progresista píldora del día siguiente, ha cantinfleado unas consideraciones institucionales (que si las atribuciones son del Ministerio de Salud, que si son de otras dependencias) y esquivado, así, el tema de fondo, donde comparte cofradía con Rafael Rey.

Más allá de las diferencias programáticas entre el Partido Nacionalista del Perú y Tierra y Libertad, sus liderazgos convergen en algo sustancial. ¿Para qué comenzar con un cargo algo menos pretencioso, si se puede debutar en política con la Presidencia de la República? Como todos nuestros caudillos, Arana y Humala afirman llegar a la política para “adecentarla” y desterrar el caudillismo. Como es propio de la política peruana, generan partidos o movimientos ad hoc para cada elección, en los que el candidato está establecido aun antes de que el propio movimiento exista. Esto, debemos aceptarlo, es un problema nacional, de izquierda y de derecha. La pena es que una élite intelectual de izquierda que vive de y para el discurso institucionalista, mude de proyectos políticos a cada nueva temporada electoral. Por ejemplo, el Partido Nacionalista Peruano ha anunciado ya públicamente que no tendrá candidatos propios en las elecciones regionales y municipales de noviembre del 2010. ¿Un partido político que solo está interesado en las elecciones nacionales? Claro, porque en realidad no es un partido nacional sino una candidatura nacional. No quieren pasar por el callejón oscuro electoral municipal y regional, donde no ganarán absolutamente nada. Porque el objetivo no es que el PNP medie en los problemas sociales del país, ni que cumpla su labor de vincular los municipios con las regiones y a estas con el espacio nacional. No, qué va. El objetivo es que la candidatura de Humala no se achicharre para abril del 2011. Ilusos si creen que Humala podrá ser outsider dos veces.

Cuando uno mira el vecindario sudamericano, observa que los liderazgos de izquierda vienen de la civilidad. Lula y Evo Morales son sindicalistas (que los nórdicos crean que Evo es indígena antes que sindicalista), Tabaré Vásquez y Bachelet son exitosos profesionales que han apostado por coaliciones de gobierno de largo aliento. Pero la izquierda peruana se entusiasma con las versiones nacionales de Hugo Chávez y Fernando Lugo. E, ideológicamente, oscilan entre el nacionalismo bolivariano –los humalistas– y el esoterismo boliviano –los parroquianos de Tierra y Libertad–. O sea, de la izquierda brasileña, uruguaya o chilena ni asomo, ni por el lado del liderazgo ni por el de las ideas.

Quienes creen que las sociedades tienen esencias, seguramente estarán pensando que si somos andinos es normal que tengamos una izquierda andina, que echar de menos una izquierda chilena o brasileña es absurdo en un país como el nuestro. Pero me niego al esencialismo. La política es asunto de políticos, de ideas, de voluntad. No me resigno a una izquierda con candidatos provenientes de los órdenes medievales por excelencia (la milicia y el clero), nacionalista y cucufata antes que republicana y laica. ¿De dónde sacamos una izquierda civilizada?

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