¿Es usted de los que extraña a Toledo?

Revista Poder

En los últimos meses he oído a más de una persona echar de menos a Alejandro Toledo. No deja de ser sorprendente que un sector de la población sienta nostalgia por un ex presidente cuyos niveles de aprobación mientras gobernaba eran menesterosos y que convivió buena parte de su gestión con la amenaza de la vacancia presidencial. Al menos tres cosas son interesantes en esta nostalgia: hacia atrás, la constatación de una desmesurada severidad respecto de su gobierno; hacia adelante, la nostalgia como refugio esperanzado ante una posible segunda vuelta entre Keiko y Ollanta ; y, finalmente, ¿cuánto puede hacer Toledo con este nostálgico caudal?

Hacia atrás

La nostalgia reciente es ante todo reflejo de un malestar contemporáneo. Los “faenones”, el “Baguazo”, la ausencia de reformas, el ego ventral de Zeus y un largo etcétera, han disparado la añoranza por los días en que Toledo gobernaba. Pero también es un tardío reconocimiento a un gobierno que fue zarandeado incluso antes de que hubiese qué zarandear. El de Toledo no fue un mal gobierno, fue acaso gris pero fue, sobre todo, un gobierno antipático. Hasta sus errores más graves (por ejemplo, demorar abusivamente el reconocimiento de Zaraí o autoasignarse un sueldo presidencial descarado) han sido siempre percibidos como problemas en su relación con las simpatías de la población y no como problemas de gestión gubernamental. Así, desde el inicio sembró antipatías a partir de su frivolidad, pero, para ser justos, también recibió una evaluación bastante frívola. Se le juzgó por huachafo, por engolar la voz, por dar vueltas en el avión parrandero, porque según se decía no pagaba las cuentas en los restaurantes, porque se escapaba cada vez que podía a Punta Sal, por coger los hielos del whisky con la mano, por la corbata verde, por su amargada mujercita y por su familia digna de Al fondo hay sitio.

Ahora bien, si usted es de derecha, la nostalgia por Toledo le llegó anticipadamente. Todavía no se había ido de la presidencia y ya lo echaba de menos. Fue hacia fines del 2005, cuando Ollanta Humala comenzaba a despuntar. Aunque Lourdes Flores todavía encabezaba las encuestas, el comandante ya comandaba las apuestas. Y como Humala era un cholo más revoltoso, empandillado, que andaba usando a diestra y siniestra el verbo ‘nacionalizar’, de pronto usted le encontró a Toledo virtudes de estadista, de hombre serio y docto. Y fue en ese preciso instante que usted despegó de su carro aquella calcomanía que decía “no lo toledo” y lo aplaudió de pie en el CADE 2006.

Si usted es de izquierda, en cambio, el timing de sus simpatías y antipatías es distinto. Lo vio llegar a la presidencia con buenos ojos y se fue desilusionando. Creyó (no entiendo bien por qué) que sin partido, sin experiencia y premunido de la doctrina del peruposibilismo, Toledo haría las reformas de fondo que el país esperaba. Para ser sinceros: Toledo no lo decepcionó, usted se hizo ilusiones desmesuradas. Y mientras fue desarrollando sus antipatías porque no concretaba estas “reformas de fondo”, olvidó que Toledo había refrendado y echado a andar la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que varios programas sociales del Estado estuvieron en manos de los mejores cuadros de izquierda (el caso paradigmático es Pedro Francke en Foncodes), y también echó al traste del olvido, entre otras cosas, que desarrolló mecanismos de democracia participativa en cuanto nuevo estamento se creó (para empezar, en todo el diseño institucional de descentralización que Toledo inauguró). En fin, nada de esto moderó sus antipatías, pues siempre andaba rumiando aquello de “la oportunidad perdida”.

Así, a derecha e izquierda le supo a poco vivir con libertades y crecimiento económico tras el gobierno autoritario de Fujimori. Echar de menos a Toledo debería ser también, entonces, una forma de reconsiderar desde dónde y por qué juzgamos a nuestros gobernantes.

¿Alcanza con los nostálgicos?

La nostalgia por Toledo también está impregnada de un futuro inadmisible: una segunda vuelta en el 2011 entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala. Junto a Castañeda, parecerían ser los únicos capaces de salvarnos de la encrucijada maligna. Pero… ¿le alcanza a Toledo con los nostálgicos?

La situación contemporánea de Toledo tiene algo de novedad en la política nacional: el electorado le ha reasignado un sitio. El 2001 Toledo fue elegido con un voto bastante homogéneo en el país. En la primera vuelta ganó en 23 departamentos, solo le fueron esquivos La Libertad e Ica. Tampoco ganó en el extranjero (si lo pensamos como una circunscripción electoral aislada). Así, no es cierto, como tendemos a pensar, que Toledo fuese un candidato del sur del país. Desde luego, en el sur consiguió sus mejores votaciones, pero no dependió enteramente de esa región (como sería el caso de Ollanta Humala).

Ahora bien, lo novedoso en la política nacional es que ese Toledo ya no existe. Gobernar es quitarse la careta y el suyo fue un gobierno que desairó las expectativas que tenía el mundo rural y, más claramente, el sur del Perú. Tras la mascaipacha, el cholo de Harvard era más harvardiano que cholo y la chakana que ordenaba la cosmovisión de gobierno fue la de Kuczynski y compañía. El primer paso en este desenganche con el Perú profundo fue su gran confrontación con Arequipa, con el Sur que rechazaba las privatizaciones. Entonces, ese electorado que era suyo se desencantó, lo abandonó y luego migró hacia el nacionalismo.

A Toledo, entonces, se le ha pituqueado el electorado. Los nostálgicos de hoy son ideológicamente moderados y socialmente pudientes. Su potencial elector, en definitiva, se parece al de Valentín Paniagua, y si Toledo no desarrolla una estrategia sólida puede terminar pareciéndose también a don Valentín en el resultado electoral final. Así, la futura candidatura de Toledo tiene un destino abierto.

El desafío de Toledo parece ser bastante simple: ¿cómo me convierto en el hombre de la costa norte del Perú sin ser abiertamente rechazado en Lima? En la costa norte y en un sector de Lima está el elector moderado que suele decidir las elecciones en el país. Pero al norte lo van a cortejar varios: Castañeda –chiclayano y con la aprobación en Lima a tope–; y Yehude Simon –otro chiclayano–, que tras las sumas y restas de su paso por el premierato ha ganado más de lo que ha perdido y que, si consigue el apoyo de la maquinaria aprista, se convertirá en un candidato importante.

Al mismo tiempo, Toledo parece necesitar que la campaña se desarrolle en un contexto de tranquilidad. Toledo no es, en el imaginario nacional, un candidato que pueda prometer “poner orden”… ni en la economía ni, menos aún, en el VRAE. Si la economía no repunta o si la pradera narcoterrorista se incendia, las posibilidades para el ex Presidente se reducen.

En definitiva, el desafío central de Toledo es manejar esta vuelta de tortilla que han tenido sus simpatías y antipatías en el país. Su electorado se ha tirado ideológicamente al centro-derecha y, geográficamente, sospecho que hoy debe ser el candidato de los peruanos en el extranjero (espacio que fue de los pocos que, justamente, le era adverso en el 2001). A su favor juega que el país ha demostrado una larga tradición de presidentes reelegidos. En contra, que los nostálgicos son pocos. ¿Cómo se contagia la nostalgia? He ahí el dilema.

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