De la razón de Estado a la razón nacional

Diario El Comercio

En el siglo XVII, el cardenal Richelieu viralizó una expresión surgida el siglo anterior: “raison d’état”. La “razón de Estado” renueva la política al plantear que la acción estatal se justifica cuando está destinada a suprimir peligros que amenacen al Estado. Si el Estado es una organización burocrática que monopoliza la violencia en un territorio determinado, sus acciones son legítimas si buscan resguardar o ampliar tal condición frente a poderes al interior de sus fronteras o fuera. En la temprana modernidad, entonces, los Estados controlan poblaciones y territorios con el fin de autopreservarse, sin que justificaciones de otro tipo (democráticas, morales o económicas) opaquen la razón de Estado.

Esto se tambalea en el siglo XVIII cuando cuaja la idea de legitimidad popular. Las acciones estatales se justifican si cuentan con anuencia popular. La nación se convierte en el componente indispensable de un orden público legítimo. La nación es una comunidad que, hermanada desde algún centro de gravedad sentimental, comparte pasado y futuro. Y a esta dimensión sentimental se agrega su carácter activo: la república, sentenciará Lincoln, es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. En resumen, la población inorgánica y pasiva que habitaba el Estado a inicios de la modernidad deviene nación, es decir, una colectividad simultáneamente fraterna y activa.

Lo que quiero proponer aquí, confinado lector, es que desde el inicio de la crisis del COVID-19 hemos visto una reacción valiosa del gobierno en clave “razón de Estado”, pero que los peruanos necesitamos también actuar con y desde la razón nacional.
La actuación del gobierno ha sido encomiable. Impuso una temprana cuarentena que ha salvado miles de vidas y lanzó un paquete económico macizo. Ahora bien, en buena parte de su actuación ha primado una autosuficiente razón de Estado. No salgas; te detengo; no marches a tu pueblo; te multo; te pago para que no salgas; no velarás tus muertos; no preguntes mucho. El Estado ejerciendo un elemental control de su población y territorio.
Pero es hora de recordar que no somos una población y un territorio por controlar. Somos una patria que saldrá de este trance –como sea que acabe– según cómo actuemos todos. Estado y nación. Y escarapela oír al economista que nos serena diciendo que el PBI caerá seis puntos, pero rebotará otros seis el 2021. Ay, taumaturgo del guarismo, usted está, ¿cómo decirlo?, razonando fuera del recipiente (in memóriam Marcos Mundstock). Esta no es una mala coyuntura económica. Es una crisis estatal-nacional. Es un contexto dramático que disparará preguntas por la viabilidad misma del proyecto republicano común. Lo que realicemos –y lo que no hagamos– pesará por décadas en la memoria colectiva, en la autoestima nacional y, por tanto, en la confianza o desconfianza que nos tengamos como país. Para salir de esta debacle con la cabeza arriba requerimos de un espacio significativo para la razón nacional, y no solo para el control estatal. Después de todo, para enfrentar a la desgracia recuerden al maestro Rubén Blades: mucho control y mucho amor.

La idea nacional, entonces, invoca acción y un sentido de fraternidad. Comencemos por lo primero. Es penoso que el 80% de peruanos respalde al presidente Vizcarra y un porcentaje semejante repruebe la conducta de la población. Fotos con aglomeraciones han opacado el sacrificio enorme de gran parte de la ciudadanía acatando el confinamiento. Es cierto que hemos sido menos responsables de lo esperado, pero también que la data sugiere que no nos hemos pitorreado generalizadamente en el confinamiento. Tanto hemos oído que segurito la vamos a cagar, que ahora los contagios deben ser nuestra culpa. El ímpetu acusador recuerda las reacciones limeñas tras la guerra con Chile (Ricardo Palma a Nicolás de Piérola: “La gran causa del desastre está en que la mayoría del Perú la forma una raza abyecta y degradada”).
Además, debemos moderar la confianza en la razón de Estado por algo obvio: hay más razón que Estado. Nadie es Ayrton Senna en una combi. Habrá que confirmar la hipótesis: éramos un pobre con plata. Tener jueces y fiscales supremos bien pagados produjo hermanitos forrados. El Niño costero demostró cómo nos habían robado en puentes y carreteras de cartón. Y esta desgracia prueba que nos atracaron con hospitales de papel. Y ahora estamos rompiendo el chanchito mimado de las reservas, pero no podemos comprar eficazmente mascarillas o pruebas. La policía se nos contagia por centenas. Con 40 días de cuarentena los contagios no decaen. El Ejecutivo deberá voltear hacia la sociedad para encarar las próximas semanas con nuevas ideas que involucren a empresas y sociedad civil.

Y subrayemos que mucha gente ya está sacándose el ancho. Las universidades con iniciativas de distinto tipo. Hemos visto alcaldes y ciudadanos convertir escuelas clausuradas en enfermerías para aislar contagiados. Muchas empresas han hecho donaciones o puesto a disposición su infraestructura. Quince mil voluntarios se enrolaron en el Midis en cuestión de días. Comerciantes por sí mismos han pintado círculos y flechas para intentar ordenar las compras. Y no olvidemos a muchos investigadores peruanos procesando y divulgando información valiosísima para todos. Finalmente, ¿cómo no reparar el gesto leal de miles de compatriotas arruinados que, en lugar de saquear Lima, emprenden marchas hacia sus regiones? Desborde popular. Nueva temporada, nuevos significados.

Por el lado del discurso, recordemos que uno de los productos de comunicación más útiles fue un video realizado por un ciudadano anónimo quien editó una alocución del presidente en clave de razón de Estado y la transformó en un discurso nacional. Voló. Nos resignificó: éramos una familia y no un indómito conglomerado. En síntesis, tanto el discurso como las políticas tendrán pronto que encontrarse con la sociedad.

Segundo elemento nacional: cierta fraternidad. Sería terrible que cuando esta crisis pase, los peruanos constatemos que cada quien bailó con su pañuelo y murieron y quebraron quienes no tenían pañuelo. La nación implora solidaridad económica. El país mira a quienes se han hinchado de plata en estos años y, como Héctor, se pregunta: ¿de qué tamaño es tu amor? Porque, además, nuestros millonarios celebraron y alentaron este modelo de desarrollo apolillado.

Es una gran noticia que el presidente haya notado la necesidad de solidaridad económica y vaya a legislar sobre esto. Es esencial para el futuro de la legitimidad nacional que percibamos que el fardo se carga con alguna equidad. Nuestro país ya sufre las fisuras y amarguras que segrega la ausencia de igualdad de oportunidades. Que estos meses no las hagan insolubles. Reconozcamos que algunos se protegen del tsunami con sus manos y otros en un edificio inexpugnable. La diferencia no está en nuestros salarios, nos divide el patrimonio. ¿Toma mucho más tiempo idear un impuesto a lo segundo? No hay apuro, “estamos al inicio de la crisis” (Angela Merkel). Y de paso aceptemos que nuestras desigualdades no surgen, en lo esencial, del talento individual. Una miradita a los directorios de las grandes empresas basta para constatar nuestro capitalismo de patas. Y ‘el club de la construcción’ revela nuestro capitalismo sin competencia.

Ojalá nuestros millonarios no pongan en escena una revuelta con guion de Maki Miró Quesada. Demostremos que los más de 100 años transcurridos desde que nuestras élites se resistieron a pagar impuestos durante la Guerra del Pacífico han construido una comunidad nacional más sólida. La ministra de Economía ha declarado que es antipatriótico lucrar en esta tragedia. Bravo. Pero la sensación hoy es que esas prácticas antipatrióticas abundan. Hay que atajarlas o el proyecto común queda herido.

Ninguno de nosotros estaba aquí cuando el presidente Prado, durante la guerra con Chile, abandonó el país con el cuento de ir a comprar armas. Pero hasta hoy nos avergüenza. Es la humillación de la derrota indigna. Del coronavirus también vamos a salir derrotados. Con millones cayendo en la pobreza y tal vez miles de muertos. Pero que sea una derrota digna para poder alzar un Perú mejor. Digámoslo desde el fútbol, ojalá podamos recordar esta derrota como aquella que sufrimos con Francia el 2018 y no como aquella otra con Argentina en 1978. En fin, ojalá nuestros hijos hoy encerrados y angustiados cuando miren atrás no adviertan un país de vivos e indolentes sino uno que inspira respeto.

 

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