Prólogo a la Fórmula del gol, secretos números del deporte rey

Prólogo al libro de Ñopo, Hugo y Jaime Cordero, La fórmula del gol, secretos numéricos del deporte rey. (Lima, Aguilar, 2018).

No sé si Hugo Ñopo y Jaime Cordero son conscientes de la tarea que han emprendido en este libro. Me pregunto si perciben el sustrato, las dimensiones y las consecuencias de lo que sostienen aquí. Detrás del tema futbolero, este libro es, pienso yo, una rara invitación a la modernidad en un país bastante premoderno. Por estas páginas trota Kant vestido de corto: atrévete a pensar, hincha esotérico. Y pone fuerte la pierna Francis Bacon cuatro siglos después: “scientia posteta est” (el conocimiento científico es poder). El fútbol no es aquí una pasión, es una disciplina. Y sus misterios no son consustanciales al mismo, solo reflejan nuestra ignorancia. Todo puede escudriñarse y entenderse a condición de poseer la buena información (data) y las buenas técnicas (matemáticas). El fútbol si tiene lógica, lo que ocurre que es todavía no la hemos desentrañado. Pero ya llega. Antes hay que jubilar nuestros atavismos; olvidar a la milagrosa Melchorita y dejar de convocar a chamanes y curanderos para que escupan sobre la Blanquirroja. No más. Tiembla, medioevo futbolero. Aquí está tu Enciclopedia. Tu Diderot y tu d’Alembert.

Aunque a los peruanos la frase “matemática posible” nos suene al anticipo de un fracaso, aquí Ñopo y Cordero la pintan de verde esperanza. La ciencia es la llave al progreso y el futuro no es territorio de taumaturgos sino de modernos matemáticos capaces de dar con el premio mayor de la ciencia moderna: el predictor. Por ejemplo, me he enterado leyendo estas páginas iluminadoras de la poderosa capacidad predictora del ranking FIFA. Exacto, ese escalafón que solemos menospreciar como a cualquier sinsentido. Escuche bien —¡oído a la música!, Veco, mi querido Veco— , tras enjundiosos procesos estadísticos, Ñopo y Codero nos informan que el ranking FIFA es casi visionario. Los batacazos (es decir, que un equipo peor ubicado derrote a uno mejor rankeado) son escasos. Constantemente, desde 1993, esto solo ocurre en el 18% de los partidos. Y si la distancia entre los dos equipos es amplia, la sorpresa todavía es más escasa.

Al enterarme de esto corrí al ranking de marras para ver las posiciones de nuestros rivales en la primera rueda de Rusia 2018. Frótese las manos. Las probabilidades se tiñen de blanco y rojo. Perú está en el puesto 11, Francia en el 2, Dinamarca en el 12 y Australia en el 40. Tenemos dos partidos casi seguros. Note que a la estadística no le importa que solo le llevemos un puesto a Dinamarca, lo que importa es que estamos por encima. Octavos de final, ahí nos vemos.

En el libro abundan estadísticas de este tipo, probabilidades que son casi una sentencia adelantada. “Voltear” un partido es mucho más difícil de lo que el esperanzado hincha cree. Tras procesar una data gigante, se encuentra que si un equipo hace el primer gol del partido tiene 70% de probabilidades de ganarlo y, más lapidario aún, solo pierde en 10% de las ocasiones. Y la ruleta de los penales no es tan ruleta. En 72% de las definiciones desde los doce pasos el que pateó primero ganó. Y para seguir con estadísticas que desafían nuestro conocimiento amateur, a pesar de toda la mitología sobre el toque nacional, las gambetas, tacos y paredes, el equipo de Perú que ha clasificado al Mundial consigue mejores resultados cuando no tiene la pelota. Triunfan cuando corretean, no cuando acaparan. En resumen, no hay como las matemáticas para desasnarnos. Don César Vallejo ya lo había hecho verso: confianza en el anteojo, no en el ojo.

Hay que decir también que la mayoría de las veces la data confirma la sabiduría popular, no la refuta. Confirmará el lector en estas páginas que quien juega de local tiene ventaja, pues gana más partidos, hace más goles, recibe menos tarjetas. Y la tribuna pegada a la cancha mete más presión que la mediada por una pista atlética. Muchas veces, entonces, estamos en lo correcto, aunque carezcamos de la evidencia cuantitativa.

Ahora bien, al terminar de leer este libro me he preguntado con angustia: ¿de verdad quería yo saber todo esto? Si yo fuera un apostador, un entrenador o un representante de jugadores, sin duda, lo memorizaría como a los evangelios pues mi relación con el fútbol estaría directamente vinculada a los resultados de los partidos. Pero yo no soy más que un televidente a la caza de un pase elegante y letal, de un golazo, y también, de tanto en tanto, espero ser testigo del coraje de un equipo y su vergüenza deportiva. Veo fútbol esperanzado en que surja algo bello y breve. Casi nunca cruzando los dedos por un resultado. Albert Camus dijo que lo poco que sabía de moral lo había aprendido en una cancha de fútbol. No se refería a alguna técnica para anticipar resultados. Aludía al fútbol como asunto humano. Y, entonces, yo que comencé celebrando la modernidad de este libro, lo acabo con una duda existencial. ¿Seré más premoderno de lo que creía? Peor aún, ¿prefiero la ignorancia al conocimiento? Es más, ¿tendría derecho a exigirlo? A cada hincha lector le toca la tarea de meditarlo.

Alberto Vergara

 

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