Prólogo a la segunda edición de La utopía Republicana de Carmen McEvoy

Prólogo a la segunda edición de La utopía Republicana de Carmen McEvoy

(Lima, PUCP, 2017)

Alberto Vergara

En 1997, cuando apareció La utopía republicana, yo deambulaba extraviado por los pasillos de una facultad de derecho a la cual no sabía bien cómo había llegado ni descubierto aún cómo podría librarme de ella. Sin norte, pero con interés. Formal e informalmente, solía apuntarme a clases en historia, filosofía y sociología. La carrera de ciencia política no existía aún. En esas expediciones amateurs por las humanidades y ciencias sociales, descubrí, sin método alguno, varios de los debates que animaban esas otras especialidades por aquellos años. Entre ellos, desde luego, el que despertó la publicación de LUR. Vistos a la distancia, me doy cuenta que no solo husmeé en aquellas disputas académicas, sino que, con juvenil y atrevida ignorancia, en cada uno de ellos me alineaba con algo que hoy puedo racionalizar como un “giro político” del estudio del proceso nacional. LUR fue parte esencial de aquel giro académico general. Y, en mi caso particular, pieza clave para planear mi fuga de los pasillos de derecho.

            Releer el libro hoy me ha reconectado con aquello que me entusiasmó dos décadas atrás, y, sobre todo, me ha permitido aquilatar la magnitud de su relevancia: LUR es un libro fundamental en la producción intelectual nacional de las últimas décadas, no por realizar un aporte específico aquí o allá, sino por amalgamar con éxito una cadena de contribuciones de primer nivel en distintas esferas. El libro que el lector tiene entre manos es uno académico, pero no solamente. Y es investigación de una historiadora metódica, pero también obra de una intelectual y ciudadana comprometida. Es un libro de historia, pero su ansia y afán son el presente. Y es, en fin, producto acabado para el especialista, pero también tierra fértil para el no iniciado. Como en el bel canto, la excelencia en estas páginas se mide por la versatilidad de sus registros.

            Dos elementos académicos, al menos, daban a este libro un lugar merecidamente original. En el ámbito internacional, simultáneamente a este volumen, aparecieron muchos trabajos de historia que abandonaban las capitales latinoamericanas para contar historias políticas “descentradas”, al mismo tiempo que observaban “desde abajo” los proyectos, estrategias y voluntad de grupos o individuos “subalternos”, dejados de lado por tradiciones intelectuales previas.[1] Carmen McEvoy en LUR, en cambio, enfatiza sin timideces una historia volcada a reconstruir los proyectos e ideales de las elites dirigentes del país. Sin embargo, esta originalidad en aquel contexto, me parece que era menos una disidencia frente a la disciplina practicada en aulas norteamericanas, que una afirmación destinada a sacudir los sentidos comunes de la historia en el Perú. Más que en busca de tenure en una universidad del norte, la autora andaba en busca de un eslabón peruano, extraviado y fundamental: la política en general y el republicanismo en particular. Por eso es que su vehemencia revisionista reserva los puyazos más duros a una serie de estudios que, para mediados de los noventa, ya estaban algo démodées en la academia internacional, pero lucían vigorosos en la empobrecida universidad peruana de esos mismos años. Su empeño, entonces, es contra las lecturas de los “nuevos historiadores” y “científicos sociales” (las comillas son de la autora, por si acaso) quienes, influidos por el marxismo y el dependentismo, impusieron una visión de nuestra historia donde solo despuntaba el fracaso, la inexistencia de cualquier proyecto político inclusivo y donde, en definitiva, primaba un tipo de generalización que terminaba por deslegitimar cada rincón del siglo XIX, al cual, muy sintomáticamente, bautizaron como un siglo “a la deriva”.

A la deriva estaban nuestros académicos, replica McEvoy. Se ocuparon de destruir nuestro pasado y no de reconstruirlo. Y sentencia drástica: “La ‘nueva historia’ falseó y deshistorizó”. LUR opone a esta tradición el regreso del ideal y la vuelta de la política. Frente al gusto por nombrar al inevitable fracaso, contrapone la voluntad de desandarlo. El proyecto republicano es el vehículo que permite intentar esta reescritura. El republicanismo fue desde la independencia, advierte McEvoy, una ideología y una práctica que buscaba cohesionar al país a través de la implantación de un Estado de derecho inclusivo y cuya preocupación central era construir una comunidad de ciudadanos iguales. El episodio central de ese esfuerzo estudiado en este libro es el del Partido Civil y Manuel Pardo. La narración mantiene el foco de atención tanto en los discursos de este proyecto político como en la política electoral, movimientista, y en los distintos pactos entre elites limeñas y regionales para ponerlo en pie. No se trató de un movimiento más en la historia nacional, sino de un episodio cuya irrupción puede rastrearse en los ideales de la emancipación y cuya influencia se expande hasta bien entrado el siglo XX.

Obviamente, el republicanismo, como acción política e intelectual, debía enfrentar otras tradiciones políticas en el país. En especial, lo que McEvoy llama el patrimonialismo, encarnado sucesivamente en administraciones previas y posteriores al mandato de Pardo (1872-76). Este patrimonialismo campea, por ejemplo, con Castilla y la utilización del guano para aceitar clientelas. Y del lado ideológico, viene en su ayuda un discurso reaccionario del bien común inspirado de Bartolomé Herrera. Juntos –guano y conservadurismo– consiguen estructurar una forma de mandar sobre el país que excede a los gobiernos de Castilla. Alianzas y prácticas configuran una cultura política difícil de erradicar y que, en distintas versiones, sobrevive hasta 1919 en que el libro cierra su estudio.

Por tanto, el republicanismo no era mero ideal, era un proyecto político obligado a arrinconar a otro dominante. Su objetivo es introducir y construir al ciudadano, revitalizar al municipio, jugarse por la educación, en medio de un sistema regido por la “soldadesca” y la “plebe asalariada”. La apuesta por la educación y la ley es combatida desde la iglesia y los cuarteles.

No es tarea mía adelantar aquí la manera en que el alambique de la política nacional destila estas matrices en conflicto. Sí hay que mencionar, en cambio, la ambivalencia y utilidad del fracaso civilista. Acaso fuese prueba de debilidad la imposibilidad de reinventar el país de un solo golpe de timón republicano, pero es prueba de fortaleza secular de ese mismo republicanismo, la capacidad de reaparecer y readaptarse en distintos momentos de nuestra historia. En segundo lugar, no debemos ningunear la autoridad moral del fracaso de las causas buenas y necesarias. No el fracaso como destino nacional, sino el fracaso como consecuencia de lo deseado y que podría no haber descarrilado. “Mi acta de ciudadanía –escribió el ciudadano Monsiváis– se arma con la suma de causas perdidas que me han importado y que continúan haciéndolo.” Porque la ciudadanía es crítica y es acción. El recuento de McEvoy es, entonces, el inventario de lo fallido en un nivel, pero en otro, eso mismo, constituye la construcción exitosa de un nuevo partidor para el próximo intento republicano.

Ahora bien, si la introducción del republicanismo tanto como llave heurística como valor político me parece vital y es, sin duda, uno de los aportes centrales del libro, creo que he añorado un uso más tajante del mismo cuando categoriza a ciertos presidentes, regímenes o eventos. El lector podrá evaluarlo por sí mismo. No me queda duda que el proyecto civilista de Manuel Pardo recoge muchas de las dimensiones tradicionales del republicanismo (la virtud cívica, la confianza en el ciudadano, la educación como instrumento de cohesión nacional, el rechazo a la arbitrariedad, etc.…). Y, a su vez, estas aspiraciones reaparecen cíclicamente en el país demostrando resistencia y vigencia. Pero a veces McEvoy califica eventos, presidentes o regímenes como casos de republicanismo “con adjetivos” (“republicanismo conservador”, “republicanismo autoritario”, “republicanismo radical”) que pueden diluir la fuerza del sustantivo “republicano”. Es decir, en algunos casos, creo que no estamos ante especies del género “republicano”, sino frente a bichos políticos pertenecientes al género “anti-republicano”. En todo caso, el lector podrá evaluarlo y, quien sabe, concluir que se me han pasado las cucharadas de jacobinismo.

Para terminar, quiero subrayar la fuerza de este libro más allá de las naturales fronteras de su gremio profesional. Para quienes no somos historiadores, los libros de historia suelen interesarnos si interpelan de alguna manera el presente que transitamos. LUR hace esto mismo gracias a distintas virtudes. En primer lugar, por la “voz” de McEvoy. El libro carga una convicción inseparable del análisis y la narración. En este recorrido por el siglo XIX, McEvoy nos obliga a ver que el Perú ha producido esfuerzos de aplauso y otros de espanto; que hace falta separar serenamente la paja del trigo; y que también se debe fustigar severamente cuando cedemos, con más frecuencia de la debida, ante la ribeyreana tentación del fracaso. En realidad, esa voz que combina con precisión el análisis sereno y el campanazo de urgencia, no es sola ni principalmente, la de una historiadora del republicanismo, es la de una ciudadana. Este libro de Carmen McEvoy –y mucho de su obra posterior— es eslabón contemporáneo de aquel republicanismo que ella ha estudiado en el XIX.

            Y podemos asignarle ese linaje político e intelectual porque el modelo teórico que presenta en este libro es suficientemente abarcador para hablarle a diversos contextos históricos. En tal sentido, este libro tiene algo de ensayo, general e interpretativo. Desborda los marcos de la monografía histórica predominante hoy, restringida a la pequeña provincia y a su época de estudio. Es la interpretación nacional de largo alcance –sin sacrificar archivo y método—la que conecta con el lector no profesional. El ensayo es un género; pero acaso más aún, es un ánimo. Una disposición para interpelar a la ciudadanía. En tiempos del paper y el policy note, que tecnócratas utilizan para influir a puerta cerrada, el ensayo es y fue siempre el género que procura dirigirse públicamente a la ciudadanía.

            Al interpretar, entonces, interpela. Y con esto termino: la doble vigencia de LUR. Desde que publicó este libro, Carmen McEvoy ha jugado un papel crucial en la divulgación del vocabulario e ideales republicanos en nuestra vida pública. Poco a poco, el maltrecho republicanismo político recupera un sitio en la vida política nacional. Más desde la Republica de las Letras que desde la acción política, pero algo es algo. Con perseverancia y talento el “republicanismo” podría y debería tener un lugar semejante al que ocupa en el debate público francés o argentino. La política y las ideas políticas no son únicamente una aproximación teórica y metodológica; pueden ser también herramientas para construir un destino político que no está ni ganado ni perdido de antemano.

Alberto Vergara

Junio, 2017.

Washington D.C

[1] Entre otros y aparecidos casi simultáneamente a LUR: Mallon, Florencia, Peasant and Nation: The making of Post-Colonial Mexico (Berkely and Los Angeles: University of California Press, 1995); Thurner, Mark, From two Republics to One Divided: Contradictions of Post-Colonial Nation Making in Andean Peru (Durham: Duke University Press, 1996); Guardino, Peter. Peasants, Politics, and the Formation of Mexico’s National State: Guerrero, 1800-1857. (Stanford: Stanford University Press, 1996)

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