Prólogo a La batalla por Puno de José Luis Rénique

Prólogo a La batalla por Puno de José Luis Rénique

Una atalaya altiplánica

Alberto Vergara

 Un par de semanas después de la primera vuelta presidencial del 2016, el ex ministro de economía, Luis Carranza, publicó en el diario El Comercio un artículo titulado “El problema del sur”. En él buscaba descifrar las razones por las cuales el sur peruano poseería un voto “tan marcadamente distinto del resto del país”. Las causas, proponía Carranza, eran de muy larga data. Diversos procesos vinculados con la colonización incaica y a la dominación colonial explicaban “la ausencia total de capital social” en el sur. Adoptando y adaptando los trabajos de dos profesores de Harvard, Carranza planteaba que el sur peruano era un caso análogo al del “atraso” del sur italiano y al de zonas africanas donde hubo gran comercio de esclavos.

                  Simultáneamente, otros articulistas abordaron la cuestión del sur desde perspectivas distintas. Richard Webb, Alfredo Torres y Paula Muñoz, entre otros, desarrollaron argumentos donde estaba implícitamente claro que, al retrotraerse hasta el incario, Carranza, como dirían los españoles, se había pasado tres pueblos. Los comentaristas señalaron elementos políticos, económicos e institucionales de la vida republicana y post-Fujimori que podían explicar de mejor manera el comportamiento político del sur. Ahora bien, más allá de los aciertos de quienes participaron en esta conversación sobre el sur, un par de cosas me llamaron la atención. En primer lugar, nadie pareció notar el hilo de exotismo y lejanía con el cual se teje muchas veces la pregunta por nuestro sur “problemático”, “atrasado”, “desconfiado del foráneo”, etc… Una vez que la pregunta se edifica desde ese sustrato, las respuestas ya no pueden ser políticas o institucionales, deben ser necesariamente culturales y profundísimas. Porque se debe explicar por qué los marcianos son marcianos y los terrícolas, terrícolas. Por eso hacía bien Alfredo Torres en recordar las votaciones de Fernando Belaunde, querido en el sur –y en la sierra en general– sin ser resistido en Lima. Y podría haber agregado la votación de Alejandro Toledo en la primera vuelta presidencial de 2001 cuando ganó en 23 de los 25 departamentos con una votación homogénea sobre el territorio nacional. El sur, en aquellas horas, no parecía tan distinto. Pero observar instancias donde los marcianos se comportan como terrícolas implicaría considerar la hipótesis de que no sean marcianos (marcianos problemáticos, además). No es casualidad, entonces, que para entender a nuestro ignoto y problemático sur hubiera que recurrir a ejemplos importados del África.

                  La segunda cuestión que llamaba la atención del artículo de Carranza y, para ser honesto, del resto de participantes en el referido debate, era la ausencia de menciones a la literatura de ciencias sociales producida en los últimos años sobre el sur peruano. Para empezar, si se tenía predilección por los profesores de Harvard, bien hubiera podido referirse el trabajo de la economista Melissa Dell sobre los legados perniciosos que dejó en el Perú la institución de la mita. Entre los nuestros, ya sospechan hacia dónde me dirijo, debería haberse aludido a este libro fundamental que ahora tengo el honor de prologar.

                  La mención y/o lectura de La batalla por Puno hubiera sido de gran utilidad en medio de aquel debate. El conocimiento de esta historia política de Puno y su relación con el Estado peruano hubiera impedido que se conceptualice al sur como algo esencialmente distinto, si no ajeno, del resto del país. Además, acercarse a su endiablada trayectoria política hubiera llevado a reevaluar la idea según la cual la “ausencia total de capital social” se deba a hechos ocurridos hace cinco siglos cuando durante todo el siglo XX Puno tuvo una densidad social vital. Finalmente, hubiera quedado claro cuan desacertado es referirse al voto sureño de hoy como un voto “sumamente radical”. ¡Radicales los de mis tiempos!, les habría roncado Rénique.

Desde luego, mucho más importante que constatar que aquel debate perdió la oportunidad de sacar ventaja de este libro publicado el 2004, es celebrar que hoy se le reedita doce años después de estar agotado. Un libro mayor. Un libro que, justamente, está empeñado en acercar Puno al país y el país a Puno. No trata de la batalla en Puno, como creería la lectura exotista de Lima, sino de la batalla por Puno: una retahíla de conflictos y procesos emprendidos por actores domésticos y foráneos empeñados en influir y liberar, formatear y dominar, nuestro far east puneño. José Luis Rénique decidió conceptualizar ese polvoroso itinerario como una batalla. Pero este libro estupendo es más que esa historia. El genio de Rénique está en relatar la batalla por Puno pero también en analizarla a la distancia, desde cierta altura que le permite ser un observador atento al tráfico incesante de personas e ideas que ingresa y sale de Puno. La batalla ocurre en el terreno, pero Rénique desde lo alto de la planicie andina, pone también el ojo en comisionados y mensajeros, actores empeñados en evitar lo peor del conflicto. Si la construcción nacional —de la cual Puno es una parcela—, tiene de batalla campal, también está impregnada de la ilusión de una justicia pacífica y cooperativa. Y Rénique es el sofisticado cronista de ambos procesos.

Uno de los tantos personajes que Rénique presenta en este libro confiesa que le ha solicitado a Bob Dylan que escriba una canción sobre las tomas de tierras altiplánicas. Lo curioso es que cuando llegué a este hincha de Dylan incrustado en Ayaviri, ya pensaba yo que este libro podía ser observado, evaluado y comprendido con la ayuda de una gran canción suya, de las mejores: All along the watchtower.[1]

                 Esta breve y monumental canción se abre con un verso que impone inmediatamente un universo de opresión: “Tiene que haber una manera de salir de aquí/ le dice el bufón al ladrón” (There must be some way out of here/ said the joker to the thief). Las tres líneas siguientes prosiguen con el lamento del bufón sobre ese lugar/orden que habitan: hay demasiada confusión, se beben su vino, labran su tierra, no encuentra alivio. El diálogo continúa en la segunda estrofa con el ladrón consolando al bufón: aun si para la mayoría aquí la vida no es más que una broma, “este no es nuestro destino” (this is not our fate). Repentinamente, el tono parece virar hacia la acción: “Ya no estemos hablando falsamente, se nos está pasando la hora” (So let us not talk falsely now/ the hour is getting late).

                  En la tercera y última estrofa, Dylan cambia completamente de escenario dos veces. Primero, nos transporta a un torreón desde el cual los príncipes desparraman la vista (All along the watchtower/princes kept the view), mientras mujeres y sirvientes descalzos van y vienen. Entendemos que se trata de un universo con jerarquías sólidas (y es razonable asumir que el ladrón y el bufón se han quejado desde algún punto intermedio de esa pirámide social). En los dos versos finales somos trasladados a las afueras de la ciudadela: “A la distancia se oye el gruñido de un felino salvaje (a wildcat did growl), dos jinetes se aproximan y el viento empezó a aullar (two riders were approaching/the wind began to howl)”. Fin.

                  El tema de la canción, como en otras de Dylan, es la posibilidad de liberación. Lo que encontramos en esta es un orden social tradicional, cerrado y aislado, con una aristocracia en lo alto y mujeres y sirvientes en el fondo. El bufón y el ladrón, dos personajes clásicamente marginales, cuchichean críticamente sobre esta situación. A lo lejos, vemos a dos jinetes aproximarse. Evidentemente, los jinetes van a tocar las puertas de la ciudadela/castillo/orden. ¿Qué buscan? ¿Son emisarios de un ejército?, ¿solitarios bandidos en busca de refugio? No sabemos. Está claro, en cambio, que cargan la posibilidad de cambio. Puede ser la oportunidad para que el bufón escape, quizás el ladrón también; o tal vez de generar una gran combustión entre lo foráneo y lo interior. Solo sabemos que el viento se ha echado a aullar mientras cabalgan hacia las puertas de la fortaleza. El genio de Dylan es mostrarnos un drama, una batalla, desde las voces y situaciones, anotadas a la distancia, de quienes están por librarla. Una tensión marcada por quienes controlan las puertas, quienes buscan salir y quienes procuran entrar. El desenlace lo ignoramos, pero conocemos bien el centro de la acción y a los personajes.

Idéntica es la tarea que José Luis Rénique realiza en este libro. Con maestría, Rénique tiene sus propios bufones y ladrones, sus príncipes del statu quo, mujeres y sirvientes, así como jinetes buscando penetrar el fortín puneño. Él, como Dylan, solo oye y anota con precisión y serenidad lo que piensa cada quién; sus propias opresiones y posibilidades de acción. Sabe que el drama se juega en el control de los portones de la fortaleza puneña y, por tanto, el drama queda marcado, como en el título de Cercas, por las leyes de la frontera.

Y, en realidad, habría que decir las fronteras. La frontera principal es, desde luego, la del departamento de Puno y lo que lo rodea. Pero también está el norte y el sur, lo urbano y lo rural, lo aymara y lo quechua; y la relación con el resto del país: “De la costa a la sierra las distancias son más que geográficas” (p.261). Algunas fronteras se desvanecen y otras se alzan. Y, sin embargo, lo importante es siempre el tráfico de ideas y actores que cruzan cada una de esas fronteras. Si éstas imponen un ritmo, una estructura, los personajes de Rénique están a cargo de la melodía. ¿Quiénes son estos personajes que salen e ingresan de Puno? Cabe todo el abanico de acción que ha marcado Puno y el Perú republicano. Fuerzas domésticas con campesinos movilizados y otros inertes, con gamonales prósperos y otros pauperizados. Tales son los actores más puros y endógenos y empecinados en controlar los linderos del departamento: unos quieren abrir Puno en busca de ayuda, otros blindarlo en pos del mantenimiento del orden prevaleciente. Obviamente, fracasan. Los límites son porosos y uno diría que, en muchos casos, imaginarios. Gradualmente, Puno se hace escenario de la política nacional. Rénique nos cuenta una historia en que el orden establecido puneño se desborda de sus linderos, pero el país también se desborda hacia Puno. Esa es la trama de este libro. El incesante toma y daca entre Puno y el país. De la segunda mitad del XIX cuando se abre el libro al fin del XX cuando se cierra, las fronteras son vulneradas en todas las direcciones: comisionados del Estado central llegan a cada tanto, mensajeros enrumban a Lima en busca de justicia, los gamonales que pueden bajan a Arequipa sin dejar de retornar a cada tanto, el campo se rebalsa hacia Juliaca y otras ciudades del sur, se despliegan evangélicos norteamericanos, ganan terreno los partidos reformistas, aterrizan profesores radicalizados que luego toman las armas, la izquierda electoral llega con sueños de un sur rojo, florecen bases antisubversivas…

Rénique, entonces, es una suerte de aduanero ilustrado que registra de manera inmejorable este tránsito frenético de ideas, individuos y muchedumbres. Es simultáneamente un historiador de las ideas y un sociólogo movimientista. Que, además, no carga con la angustia de elegir entre uno de los dos sombreros. El libro comienza con don Juan Bustamante: un profesional de las fronteras. Nace en un pueblo profundo de Puno, hijo de español y puneña. Prospera económicamente gracias al negocio de la lana que lo contacta con casas comerciales británicas. Liberal por los cuatro costados, Bustamante reverencia al comercio, desprecia a los militares, confía en el gobierno representativo pero maldice a los representantes. Como nadie, sabe que el liberalismo constitucional se atrofia cuando trepa los Andes. Al igual que los ilustrados rusos que sedujeron a Isaiah Berlin, sabe que entre las ideas y su helada realidad faltan varios puentes. Y, por tanto, su vida oscila entre la voluntad y la frustración. Siendo congresista en Lima reconoce el racismo. Dos veces da la vuelta al mundo. Él mismo es la combustión abortada de un liberalismo andino. El final de su vida es un episodio que resume ese largo desencuentro. Intenta evitar el enfrentamiento entre campesinos y la represión de parte de los poderes locales. Viaja a Lima con ese propósito. Cuando es claro que no hay puentes posibles debe elegir entre la represión sostenida por poderes locales en alianza con el Estado nacional y la de la rebelión indígena. Ante la encrucijada elige el bando campesino. Muere a machetazos y los campesinos quemados vivos. La historia de Juan Bustamante marca el ritmo y los temas de todo el libro: hay una batalla, pero siempre hay mensajeros y comisionados procurando evitarla. La amenaza de violencia y la promesa de paz cruzan en uno y otro sentido las fronteras de Puno. Para decirlo con Dylan, Bustamante es, simultáneamente, el bufón que logra escapar y el jinete amenazante.

Al avanzar en el libro encontramos el retrato notable que José Luis Rénique hace de la primera mitad del siglo XX puneño. El encuentro de ideas y actores, de lo doméstico y lo foráneo, se inflama. Una combustión que si no está exenta de violencia, está primordialmente marcada por una autenticidad creativa. Surge una generación de intelectuales que destacan entre lo más fino del país, José Antonio Encinas, Gamaliel Churata, los artistas del grupo Orkopata, entre otros. Empatan con un momento en que surge Valcárcel, Uriel García y Chambi en Cusco y cuando, desde el norte, arremeten Haya y Vallejo. Con conocimiento de causa tacneña, Basadre llamó a aquel momento, si no me equivoco, “la rebelión de las provincias.” Es el momento en que Lima recibe más comisionados en defensa del indio y cuaja lo que Rénique denomina un “lobby pro-indígena”. En la otra dirección se multiplican las comisiones buscando atisbar el horror gamonal ante las masivas movilizaciones campesinas. Rénique apunta con gran precisión: son “los mensajeros quienes activaron el indigenismo y no al revés” (p.123-4). Las ideologías siguieron a la acción.

Dos hechos alteran este panorama: la Patria nueva leguiista en el terreno político y José Carlos Mariátegui en el intelectual. Aquel proyecto político succiona la vitalidad cultural y política de Puno. Los anarquistas puneños, anota Rénique, se instalan en Lima y regresan a Puno vestidos de oficialistas. La vanguardia intelectual queda a la deriva en medio de la impostura regionalista. Mientras tanto, Mariátegui se convierte en el nuevo puente entre las varias fronteras. Los mensajeros que llegan a Lima descubren que en muy poco tiempo ya no hay oídos para el reclamo telúrico pues ahora se exige ánimos revolucionarios y globales. Si era difícil convertir al indígena en un liberal ciudadano, más difícil parece transformarlo en proletario universal. Solo el Amauta conoce la alquimia de semejante proyecto. Mariátegui mete a Puno y los indígenas al mundo moderno, tanto como introduce la ideología moderna por excelencia en el espacio andino. Finalmente, sobre esta trasmutación de las fronteras aterrizan sobre Puno oleadas de misioneros evangélicos norteamericanos que tendrán una incidencia importante a lo largo del siglo XX en Puno agregando complejidad al itinerario de la región.

A mediados del siglo XX el momento de autenticidad creativa cede. Puno comparte con el país un solo dilema: la tierra. Campesinos movilizados que no consiguen dar un golpe definitivo, y gamonales que, aun si desvencijados, mantienen un orden. Y al medio la emergencia de la urbe: Juliaca. Pero sobre todo surge el contacto fluido entre norte y sur, entre quechua y aymara, entre campo y ciudad: “Juliaca es la forma oculta del desarrollo campesino” (Jaime de Althaus). Surge el camionero cholo que fascinó y esperanzó a Bourricaud. Es más, yo le llamaría a todo esto “el momento Bourricaud”. Desde la esfera nacional es la llegada del reformismo y la ilusión belaundista que atrae actores de distintas clases. Y en otro plano es la emergencia del reinado de los Cáceres sobre Juliaca y su influencia sobre buena parte del sur. La autenticidad creativa cede ante la ilusión del desarrollo regional. Se multiplican las “incrustaciones de modernidad”. Entre ellas la universidad promovida por los Cáceres. Sin embargo, como en el resto del país, la institución que debía guiar el desarrollo regional se vuelve espacio para teorizar la revolución nacional.

En la segunda mitad del siglo XX el relato cambia. Se hace definitivamente más movimientista. El gobierno de Velasco entra en un capítulo, la misma atención que recibe la nueva iglesia militante de los setenta. Juliaca pierde importancia en la narración, los partidos reformistas desaparecen y el actor principalísimo pasa a ser la izquierda peruana y Sendero Luminoso. Y entonces surge una pregunta: ¿la relevancia que adquieren las voces de la izquierda peruana en el relato se debe a un contexto político donde otras voces perdieron protagonismo? O, más bien, ¿estamos ante una narración que resbala en la auto-referencialidad, es decir, que cae en la pretensión no infrecuente de la generación de Rénique de contar la historia del Perú desde sus propias aventuras? Más que diplomáticos, seamos justos: hay de las dos.

                  “El leviatán velasquista” liquida la posibilidad de la democracia representativa; sus instituciones, elecciones y partidos, quedan congelados. Y entonces necesariamente el relato debe enfocarse en el choque de los bloques que no necesitan de esas instituciones: el Estado y las fuerzas sociales. Es decir, la historia le impone a Rénique otro guión. Pero además de la historia repunta la biografía. Aunque la narración está marcada por este choque entre Estado y sociedad movilizada, una mirada a las entrevistas realizadas por el autor deja en claro que hubo mucho más interés por militantes que por burócratas. En los setenta y ochenta Rénique deja de ser Dylan sobre la planicie andina y baja a cabalgar con los jinetes izquierdistas que se acercan a sublevar la fortaleza puneña. En algún sentido y por momentos, el centro del interés se mueve de Puno al PUM. Y, nuevamente, por razones históricas: el conflicto político se hace primordialmente rural y ese espacio está en disputa por el PUM, Sendero (la reconstrucción de los movimientos senderistas por el departamento es notable), otras fuerzas de izquierda y, posteriormente, por las Fuerzas Armadas. ¿Se hubiera podido contar el periodo desde otras voces? Seguramente sí. Y esto se hace evidente cuando después de seguir por muchas páginas los intricados debates intelectuales entre el PUM, Libios, Zorros, Vanguardia, Bandera Roja, Puka Llacta, Sendero y tantas otras facciones y organizaciones que hoy resuenan tan lejanas como la asociación pro-indígena de Dora Mayer, Rénique nos informa que todo ello era bastante irrelevante: “En tanto partido […] el PUM seguía siendo débil en el corazón mismo de su zona estratégica” (p.309) O, “los detalles del nuevo fracaso se pierden entre el lenguaje cifrado de los documentos y el silencio de los protagonistas” (p.353).

                  Obviamente, el fracaso también merece ser escuchado. Pero sospecho que al hipotecar casi todo el análisis de estas dos décadas a la izquierda y sus discusiones nos perdemos de algunas transformaciones que el Rénique distanciado sí nos había mostrado en la primera mitad del siglo XX y la segunda del XIX. Y este vacío se abre ante nosotros cuando al final del libro llega Fujimori con las fuerzas armadas y acaban de un plumazo con tanto relajo movimientista. ¿Qué tipo de transformaciones habían ocurrido en Puno para que el dominio fujimorista se impusiera de esa manera? Fujimori llegó y hace posible “el sueño largamente esperado por el pueblo puneño” (p.377). Pero, ¿qué es exactamente ese sueño esperado? ¿Cómo y cuándo fraguó? No lo sabemos bien. Pero estoy seguro que su construcción venía ocurriendo fuera de la burbuja izquierdista; lejos de la encrucijada intelectual de si había que apoyar la lucha armada de Sendero o si el PUM debía crear una propia.

                  Ahora bien, si ciertos capítulos finales del libro pierden distancia, estos también deben verse como un libro de testimonios al interior del gran libro interpretativo. Tienen la virtud de reintroducir la incertidumbre de aquellos días. Es el testimonio de una forma de ver el Perú cuando tirios y troyanos consideraban la posibilidad de una guerra sin fin o, incluso, la victoria senderista. Más bien, podría señalarse la honestidad del cronista, que se mantiene fiel al material recogido a finales de los ochenta e inicios de los noventa, aunque esto le pase factura al historiador de 2004. Después de todo, ¿no es cierto acaso que los grandes hechos y procesos que hoy nos parecen inevitables generalmente fueron quimeras inalcanzables y/o indeseadas para los personajes de su época? En cualquier caso, Rénique cierra la historia de Puno rotundamente: la victoria del proyecto civil-militar fujimorista “define el escenario final de la batalla por Puno […] El Estado llega a los confines rurales históricamente dominados por los poderes locales gamonales” (p.382). A la inversa que en All along the watchtower, la historia termina cuando el viento ya no aúlla posibles tempestades.

Dos ideas para terminar.

La forma. A pesar de ser profesor en Nueva York por varias décadas, Rénique ha escrito su obra en español. Qué suerte la suya y la nuestra. Un historiador inseparable de su lengua, de su estilo, de su voz. Quien busque en este libro un argumento simple a la usanza de los de hoy, se llevará un chasco (ya saben, entre los historiadores, cosas del tipo “no lo hicieron los de arriba, lo hicieron los de abajo”; ya saben, entre los politólogos cosas del tipo “no fue X sino Y lo que produjo Z”). Su valor está en la presentación coral de los personajes, en el aluvión de testimonios, historias y documentos. Cuando ya hemos comprendido un punto, Rénique viene y nos desempolva un testigo más. La ausencia del parsimonious argument, en realidad, es lo que da vida a una atmósfera vital y verosímil. Como en la canción de Dylan, there is too much confusion en la realidad puneña para soñar con afeitarle los pitones a ese Miura andino. Más que en el mundo de la teoría y las hipótesis, el argumento de este libro se sostiene en una prosa elegante y comprometida cerniendo el desorden alto andino. Como apunta Julio Ramón Ribeyro en alguna página de su diario: “las ideas pasan, la expresión queda.”

                  Finalmente, ¿qué le dice este libro de siglo y medio de historia puneña, publicado el 2004, al Perú del 2016? Tal vez su aporte mayor pueda darse en el sector tecnocrático del Estado que hoy sigue pensando en Puno como aquellos superiores de Pantaleón Pantoja que, seguramente lo recuerdan, por haber montado el servicio de visitadoras deciden castigarlo destacándolo a las orillas del Titicaca. Puno como penitencia. O como exotismo ininteligible. Ad portas de comenzar el inédito gobierno de un tecnócrata de pura cepa elegido con los masivos votos del sur peruano en general y de Puno en particular, nuestros policy makers deberían leer este libro sobre la larga travesía de Puno por ser parte del proyecto republicano. A inicios de los noventa el Estado en su versión armada pareció comprenderlo bastante bien. Para derrotar a la subversión hubo que pasar “de la represión a la comprensión” (p.379). No es otra la tarea de nuestra capa tecnocrática en estos días: pasar de la soberbia indiferencia a la comprensión.

Washington DC, 10 de junio de 2016

[1] Y, además, la que ha tocado más veces a lo largo de su carrera: 2257 veces al 10 de junio de 2016.

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