Ponte el alma, PPK

Diario El Comercio

Un fantasma recorre la esfera pública: la asimilación o identificación de la candidatura de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) a la del fujimorismo. Según sectores de la izquierda, solo sería otro guardián del vilipendiado “modelo” económico neoliberal. Según la derecha conservadora, las distancias entre PPK y Keiko Fujimori serían mínimas en tanto defensores del “modelo”, ante lo cual convocan a PPK a no polarizar al país, a pensar en la gobernabilidad futura, a no traicionar su identidad. Asimismo, Alfredo Barnechea, el candidato de un partido que nunca abandonó la trinchera antifujimorista, se sumó a quienes no distinguen entre ambas candidaturas. E incluso alguien podría señalar que yo mismo hace dos meses escribí en esta página: “Todos sabemos que el Gabinete que maneje el Perú a partir del 28 de julio del 2016 estará compuesto, en lo esencial, por técnicos que serían ministros de cualquier presidente”. Entonces, sin magnificar las diferencias, ¿realmente da igual Chana que Juana?

Plantearse esta pregunta implica responder una previa: ¿En qué esfera evaluamos si existe diferencia? Estoy convencido de que si nuestro punto de preocupación fundamental es la democracia (y no la gobernabilidad, cambiar el modelo económico, agilizar “trámites” o desatorar a palazos proyectos mineros), PPK es una mejor opción que el fujimorismo.

Para justificar este diagnóstico hace falta auscultar a tientas el futuro y observar con pruebas el pasado. Yo no considero que el fujimorismo haya hecho cambios suficientes para dejar de percibirlo como una amenaza a la democracia. ¿Podría transformarse, como sugiere mi amigo Hugo Neira, en una derecha democrática a la española? En una de esas. Pero también podría devenir –es solo un ejemplo entre muchos– en una suerte de partido colorado paraguayo que, luego de la dictadura de Stroessner, jamás se convirtió en una derecha democrática sino en una maquinaria clientelar y corrupta.

Con mayoría en el Congreso, y ayudado de unas mínimas alianzas, el fujimorismo podrá nombrar magistrados del Tribunal Constitucional, contralor, defensor del Pueblo, etc… Y enfrente tendrá a unos partidos débiles. Se perfilan los elementos de un blitzkrieg naranja. ¿Quiere decir esto que Keiko Fujimori daría un golpe de Estado y robaría en magnitudes similares a sus antecesores? Seguramente no. Pero existe el riesgo de algo así  como un “autoritarismo segmentado”. Es decir, que sin hundir todo el régimen en el autoritarismo, se desplieguen prácticas autoritarias contra periodistas independientes, organizaciones de derechos humanos, sindicatos, etc… Por la correlación de fuerzas y por los cuadros de cada uno, esos riesgos son bastante menores con PPK.

Trasladémonos del neblinoso futuro al concreto pasado. Por alguna razón que no llego a entender, la derecha peruana cree que estos últimos quince años inéditos de convivencia de democracia y crecimiento económico sostenido son algún tipo de herencia o prolongación de los noventa. De otra manera, no es posible asumir que la representante del fujimorismo y el ex ministro de Toledo estén hechos de la misma madera.

El fujimorismo no nos legó ni instituciones democráticas ni un manejo pulcro de la economía: hubo que construirlos en estos quince años. ¿Nos hemos olvidado de que el fujimorismo instaló a Víctor Joy Way de ministro de Economía para garantizar la farra de la re-re-elección de Fujimori? Entre 1998 y el 2000 el crecimiento económico del Perú fue casi inexistente. Para que el país pudiera caminar democráticamente y volver a prosperar hubo que, entre otras medidas, demoler el Ministerio de la Presidencia, que acaparaba gran parte del presupuesto para el gasto indiscriminado y sombrío del Ejecutivo, debimos restablecer un Legislativo funcional, desmantelar programas clientelares, reinstaurar un manejo técnico en el MEF, devolver a los militares a sus cuarteles, reconstruir las instituciones electorales, etc… Es decir, felizmente el fujimorismo se fugó del poder el año 2000 porque el país enrumbaba a la bancarrota: sin democracia, con la economía frenada, polarizado en las calles y arruinado moralmente.

De ahí hubo que rescatarlo. Y PPK, en tanto hombre fuerte del gobierno de Toledo, participó del desmontaje del autoritarismo heredado. ¿Cómo así ambas candidaturas serían la misma vaina? Es más, ¿cómo así hasta PPK parece creerlo?

Kuczynski es el extraño caso de un político que nunca ha tenido interés en explotar su trayectoria reformista y demócrata. PPK fue ministro de Belaunde en los sesenta. Un Belaunde que, se ha olvidado, era tratado de “comunista”, “terrorista”; rechazado por buena parte de la élite limeña que anhelaba el regreso electoral del dictador Odría. PPK fue ministro de ese gobierno que inauguró las elecciones municipales en el Perú, que buscó hacer una reforma agraria en democracia y que, acaso por primera vez en la historia electoral del país, percibió que la sierra era una posibilidad y no un lastre.

Así, PPK ha participado en los dos gobiernos más decididamente democráticos y antiautoritarios en nuestra historia contemporánea. No obstante, PPK ha construido a pulso la imagen de un señor muy conservador. Cuando se pide a los ciudadanos que ordenen a los candidatos de derecha a izquierda, siempre aparece más a la derecha que todos, incluida Keiko. Su partido podría llamarse Peruanos por la Kontinuidad.

Que PPK sea percibido de esta manera, que no conecte con el Perú no limeño y que, en definitiva, nunca haya encarnado la imagen de un presidente, se debe a una misma causa (literalmente, una ppkausa): jamás ha parecido que el Perú le importe como algo más que un territorio al cual hacer crecer económicamente. Y el ciudadano no espera eso de un líder. No buscamos únicamente alguien que asegure el impersonal crecimiento económico de hoy, sino que garantice los derechos, los deberes, las instituciones que, en el largo plazo, nos permiten vivir uno al lado del otro. Más o menos a eso se refieren los peruanos cuando pronuncian con frecuencia y anhelo la palabra “estadista”. No dicen “mercadista”, por cierto. “¡Se siente, se siente, Pedro Pablo gerente!”… rima pero no es ganador.

¿Se puede construir un PPK antiautoritario, político, estadista, en cinco semanas cuando él pareciera haber desairado esa tarea durante cinco décadas? Hay que intentarlo, de otra manera la elección es de Keiko. Implica, antes que nada, incendiar el disfraz de gerente. Si Humala se pasó al polo blanco, ¿por qué no podría él desempolvar el traje de político demócrata? Esto implica que PPK transmita, honestamente, que la elección de Keiko es un peligro para la democracia. Si quieren ganar, PPK y su gente deben creer y comunicar que el nudo existencial de la elección es político.

Y no es un asunto de mera estrategia: es que el “modelo” no es el criterio desde el cual se estructura el voto en el Perú (¿cuántas veces, maldita sea, habrá que repetirlo?). El drama de la elección es institucional, es político, es sobre el Estado nacional. Si transmiten con convicción y a través de medidas concretas que lo comprenden, tienen una oportunidad. Pero cuando he oído a PPK afirmar que si Mendoza hubiera pasado a segunda vuelta él habría votado en blanco, me ha saltado como un resorte el verso de una vieja canción: que nadie va a ayudarte si no te ayudas tú un poco más.

Con todo, creo que PPK tiene credenciales de largo plazo para personificar un aguerrido candidato antiautoritario, antifujimorista. Porque, además, no solo necesitamos que PPK lo sea para que intente ganar, sino porque solo de una competencia sin tregua y reñida surgirán límites a un fujimorismo vencedor. Los políticos no regalan nada: solo conceden. Y la concesión es hija de la competencia.

El futuro de nuestra democracia, entonces, depende de cuánta pelea dé PPK. Desde la izquierda radical hasta la centroderecha muchos estamos dispuestos a apoyarlo y rechazar al fujimorismo. Pero con una candidatura blandengue perdemos. Como en el verso de Vallejo, Pedro Pablo: ya va a venir el día, ponte el alma.

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