Volver a Túpac Amaru (laicamente)

Diario El Comercio

Leyendo esa joya diaria del capitalismo ilustrado que es el “Financial Times” (ya sé que en el Perú capitalismo e ilustración parecen una contradicción, pero no es así en todas partes), encontré que en la lista de los mejores libros del 2014 incluían uno sobre la rebelión de Túpac Amaru escrito por el profesor Charles Walker. Avergonzado por no saber de su existencia, corrí a conseguirlo y lo he devorado como si se tratase, no de un libro académico, sino de un reportaje magistral sobre la revuelta de Túpac Amaru; revuelta de la que, ahora caigo en cuenta, lo ignoraba casi todo.

Visto desde el Perú, “The Tupac Amaru Rebellion” (Harvard University Press, 2014) no es solo un libro fundamental, sino un gran servicio al país. Tiene la virtud de permitirnos regresar laicamente a uno de los hechos decisivos de nuestra historia. Laicamente, es decir, observar la rebelión sin las anteojeras de la gran teoría, ni las de la pequeña ideología. Túpac Amaru no es aquí la cabeza de una rebelión justiciera intachable y homogéneamente indígena contra la expoliación española como querían algunas lecturas de izquierda; tampoco un precursor de la independencia como lo pintó cierta historia nacionalista. El de Walker es un Túpac Amaru sin interpretación consagrada. Más que con Túpac Amaru, en muchos pasajes, lidiamos con José Gabriel Condorcanqui. En este libro toda mitología sucumbe ante la severidad de los archivos.

Walker nos sumerge en la sublevación con las herramientas de la historia, pero con el corazón y la prosa de un reportero de guerra. Es minucioso, objetivo, y desde el inicio entendemos que para auscultar la rebelión hace falta comprender la contrarrebelión. Escalamos y bajamos montañas con ambos bandos, conocemos desde la pupila insurgente y desde la realista los asedios a Cusco, Puno, La Paz, entre otras; somos partícipes del hambre, frío y enfermedades que cada parte sufre y se nos muestran las decisiones que cada bando debió tomar, movidos siempre por el terror de las circunstancias antes que por ideologías preestablecidas. La gran virtud epistemológica y narrativa del libro es, entonces, extirparle certezas al relato, no sugerir claves de un designio que no existe, y conseguir que los lectores avancemos en la lectura al igual que rebeldes y realistas: heridos, como decía la canción, por las flechas de la incertidumbre.

Aunque hay dos bandos en disputa, no se trata de bloques sociológicos o históricos. El autor muestra que las masas indígenas pelearon en ambos lados, que Túpac Amaru fracasó en atraer a las clases bajas de Cusco y que distancias culturales y de clase entre los sofisticados tupamaristas y las rústicas huestes de Túpac Katari (los levantados en la zona del Titicaca) impidieron un bloque común indígena. Del lado realista, el visitador Areche y el jefe militar Del Valle, principales encargados de sofocar la rebelión, cargan diferencias y odios irreconciliables. La Iglesia se opone a la rebelión, pero muchos curas son comprensivos con ella. Con una aproximación que recuerda más a la ciencia política que a la gran interpretación histórica, Walker divide los bandos en moderados (‘soft-liners’) y radicales (‘hard-liners’) y reconstruye las estrategias y decisiones que dieron forma a un conflicto de proporciones inéditas en el continente.

Lo que interesa a Walker principalmente es la expansión de la violencia en la zona andina. Al inicio de la rebelión, Túpac Amaru y Micaela Bastidas buscan focalizar sus acciones en los funcionarios abusivos. Del lado realista, también se procura escarmentar solo a los insubordinados. Pero, progresivamente, todos los involucrados desatan la barbarie. Los de Túpac Amaru comienzan a matar a cualquier español o foráneo, los realistas emprenden una carnicería indiscriminada contra todo indígena. De pronto, no queda espacio para ser tercero; ningún bando toma ya prisioneros. Sin ton ni son, ambos violan, decapitan, beben sangre, entre otras escenas ‘gore’. Son cien mil muertos en algo menos de tres años.

Un aporte mayor del libro es mostrar y documentar que parte sustancial de esa violencia se desarrolla después de la muerte de Túpac Amaru, cuando la rebelión queda en manos de su joven primo, Diego Cristóbal, apenas cuatro meses después de comenzado el levantamiento. Sin temor a equivocarme, los peruanos somos unos supremos ignorantes de toda esa etapa sanguinaria y de las represalias del Virreinato contra lo indígena en el Perú. Un intento de genocidio cultural, lo llama Walker.

Es difícil hacer justicia a un libro de esta envergadura en una columna periodística. Diré que por razones académicas y de conocimiento general es un imperativo que se le traduzca. Pero, sobre todo, tras leerlo se hace evidente que los peruanos no podemos permitir que la asociación primaria de Túpac Amaru con el gobierno de Velasco o con un grupo terrorista nos inhiba cobardemente de acercarnos a aquellas jornadas decisivas, abismales. Este libro, justamente, nos permite acercarnos a esos pliegues profundos, sin las pequeñas miserias de nuestra historia reciente.

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