El fujimorismo sin Alberto y la soledad de Keiko

Revista Poder

¿Dónde reside la fortaleza principal del fujimorismo en el Perú contemporáneo? En los últimos meses algunos de mis colegas politólogos han sugerido que ella descansa fundamentalmente en el ‘interior’ del fujimorismo, en su organización, en la mística de sus militantes, en una ideología, en sus cuadros, y han publicado textos sobre (y desde) la organización fujimorista (ver los artículos de Steven Levitsky, Melissa Navarro y Adriana Urrutia). No estoy tan convencido. La fortaleza del fujimorismo es intangible y dispersa: es un recuerdo general, sin público objetivo. Los fanáticos del fujimorismo son pocos (seguramente el 6% que votó por Martha Chávez en el 2006) pero quienes lo deploran por entero también escasean. La mayoría de peruanos considera, más bien, que el gobierno de Alberto Fujimori fue algo así como un mal necesario. Que para terminar con la calamidad ilimitada de los ochenta fue necesario un gobierno ilimitado legal y moralmente en la década siguiente. En el Perú, hasta los no-fujimoristas han internalizado el discurso de Alberto Fujimori como salvador de la patria. Debemos aceptarlo, este país estuvo completamente enamorado de su chino vengador quien, sin ley ni compasión, reventó a balazos a esos terrucos malnacidos. Puro amor. Y como dice la canción, amores que matan nunca mueren.

Además, como querían las rancheras de José Alfredo Jiménez y los valses de Felipe Pinglo, fue un amor que no reparó en clases sociales y su remembranza se mantiene en el aire de manera general y democrática. Acaso las clases medias se alejaron del fujimorismo, pero arriba y abajo se le recuerda con discreto cariño. El fujimorismo es en el Perú como el té: reina tanto en las mesas más pobres como en las más encumbradas. Esa morfología única cuajó en los noventa y se mantiene hoy. La fortaleza pervive ‘fuera’ del fujimorismo: en el recuerdo de un montón de eventuales electores.

 Si su activo mayor está fuera de la propia organización, tengo la impresión de que sus mayores obstáculos también. El principal obstáculo del fujimorismo hoy es su éxito. Su bestial éxito. El Perú es un país esencialmente fujimorista. No en el sentido partidario, claro. Pero lo es en un sentido más denso. El fujimorismo reformateó este país en tal modo durante los años noventa que ya ni siquiera se le necesita para recrear los principios, políticas y actitudes fraguadas en aquella década. Muchos de los ministros de Humala podrían haber sido ministros de Keiko Fujimori y la mayoría de las políticas de hoy habrían sido suyas también. El discurso de los técnicos y el pragmatismo fue perfeccionado por el fujimorismo; la televisión basura la inventó el fujimorismo; los fujimoristas nutrieron como nadie el desprecio por los partidos; el odio al Congreso y a las instituciones democráticas fue incubado al calor del Fujimorismo; el amor hacia el Ejecutivo también germinó en sus brazos; la costumbre de influir a puerta cerrada sobre los ministerios devino en quehacer legítimo durante los noventa; finalmente, si no crearon esta sociedad peruana sin ley, fueron los ideólogos del país sin más código moral que el de chofer de combi. ¿Cómo sentir nostalgia por aquello que nunca hemos dejado de tener a mano? O sea, si ya vivimos en un país fujimorista en lo fundamental, ¿quién necesita a un Fujimori en lo superficial?

Esta continuidad general –e incluso abstracta– se materializa en la continuidad política. Todo el espectro político peruano defiende el modelo político y económico que ellos crearon en los noventa. Para que el fujimorismo tenga opciones de convertirse en partido y tener una real relevancia en el país necesita ser un partido de oposición. Pero no pudo serlo con Alan García (más bien fueron bastante cercanos) y cuando necesitaba que Ollanta Humala fuese nuestro Rafael Correa le ha surgido un adalid de la continuidad (‘HumAlan’, Carlos Meléndez). En este contexto, ¿contra qué y quién van a pelear? Además, como demuestra muy bien Villa Stein, los intereses que el Fujimorismo solía defender pueden encontrar otros portavoces más efectivos en la arena pública. ¿Los intereses de quién pueden representar hoy? Miremos la arena parlamentaria. Si el fujimorismo no puede ser un partido de oposición al menos podría ser una bancada de oposición. Pero, ¿a qué puede oponerse el fujimorismo que no sea translúcidamente superfluo? ¿A que Nadine viaje en el avión presidencial? Incluso pensé que la desactivación del Pronaa podría ser uno de los dioses para convertirse en una feroz bancada de oposición. No pasó nada. Reclamaron unos días, no consiguieron poner en aprietos serios a la ministra Carolina Trivelli y luego se desactivó el programa dejando al fujimorismo sin una de las instituciones de alivio a la pobreza que permitía que su recuerdo perdure. Y, como dije, el mayor activo que posee es un recuerdo. (Por cierto, lo mismo ocurrió hace algunos años con la desactivación del Pronamachcs, otro programa emblemático del fujimorismo). En los últimos meses también les faltó punche para que prosperasen las interpelaciones a Patricia Salas y a Rafael Roncagliolo a pesar de tener a su favor el cargamontón mediático. En síntesis, el fujimorismo es una bancada valiosa para brindar apoyo a agendas ajenas, pero es pésima convocando a otros actores para reforzar su propia agenda. Como el resto de partidos en el Perú, el fujimorismo es incapaz de defender sus intereses más caros (en las instituciones y en las calles).

Ahora bien, ¿por qué son incapaces de defender sus intereses? Esto me lleva al lado menos amable del recuerdo fujimorista y que, sorprendentemente, quienes han escrito sobre la cuestión han evacuado absolutamente del debate: la corrupción.   Por ejemplo, Eduardo Dargent y Carlos Meléndez discrepan con Steven Levitsky pues afirman que el fujimorismo es esencialmente un vehículo antiliberal y siempre lo será. Levitsky, en cambio, señala que no ve ninguna diferencia sustancial entre el fujimorismo y el pinochetismo o el franquismo por lo cual, al igual que estas derechas españolas o chilenas, el fujimorismo podría evolucionar hacia un partido de derecha y democrático. Sin embargo, todos olvidan que el fujimorismo no solo debe reconvertir su origen autoritario en un presente democrático (tarea ya complicada), sino que, sobre todo, debe limpiar su origen ladrón para construir un partido medianamente limpio. Ni el franquismo ni el pinochetismo fueron empresas para delinquir. Así, no solo debemos preguntarnos cómo se transforma a un movimiento antidemocrático en uno democrático, sino en cómo se transforma lo que fue una organización lumpen en un partido político. El gobierno fujimorista, no lo olvidemos, fue una suerte de ‘utopía mafiosa’ (Hugo Neira). Ver a un fujimorista indignado por los contratitos mal habidos de Alexis Humala será siempre una invitación a la carcajada. Y Humala no le ganó a Keiko Fujimori porque fuera mucho más democrático que ella, sino porque él no estaba teñido de la ladronería de los noventa. Este sigue siendo el principal pasivo para el fujimorismo, nadie quiere sacarse una foto con ellos y, por lo tanto, siguen siendo incapaces, a pesar de ciertos gestos de apertura, de sumar a otras fuerzas parlamentarias a la agenda fujimorista (o de sumar profesionales de renombre al partido).

Ahora bien, hay que distinguir al fujimorismo como protopartido del fujimorismo como una candidatura. No soy de quienes creen que el fujimorismo vaya a convertirse en partido. Pero otra cosa es la candidatura de Keiko Fujimori. El fujimorismo tiene más candidata que partido. Sin embargo, al ver el comportamiento del fujimorismo uno tiene la impresión que pareciera soñar con un escenario similar al del 2001, repetir el 22% de votos (que creen inamovible) e imponerse en la segunda vuelta en calidad de ‘mal menor’ frente a algún anticandidato (¿Antauro?, ¿el Dr. Ciro Castillo?, ¿Robert Huaynalaya?). Más que estrategia esto es dejadez. Keiko Fujimori necesitaría estar rodeada de gente inteligente que elabore una agenda afilada desde la cual ella brillase como lideresa de la oposición en unas puntuales y bien elegidas temáticas. Y, sin embargo, lo que la caracteriza hoy es su triste soledad. Si las condiciones generales no son favorables al fujimorismo y el partido carece de una elite inteligente que le permita reacomodarse al incómodo tablero político que tiene delante, Keiko podría terminar siendo la más certera, paradójica e inútil encarnación del fujimorismo. Vale decir, un recuerdo.

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