Caos creador e instituciones estériles

Revista Poder

Hace algunos meses un informe de The Economist mostró que varios países de ingresos medios según el Banco mundial figuran también entre aquellos con mayores problemas de capacidad estatal. muchos abandonaron en los últimos años el grupo de naciones con ingresos Bajos pero en el Trance no fortalecieron sus instituciones.

Por ejemplo, Pakistán y Nigeria ya no forman parte de los Estados con ingresos bajos pues poseen una gran riqueza natural explotada, pero sus instituciones son tan ruinosas que ellas no proveen ningún tipo de estabilidad, ni democrática ni autoritaria. La inestabilidad en el mundo contemporáneo no es necesariamente característica de los pobres sino, en muchos casos, de países con ingresos intermedios que poseen instituciones débiles. Probablemente usted tendría una vida más pacífica y estable en un país muy pobre que en uno de ingresos medios e instituciones podridas.

En los últimos veinte años el Perú también dejó de ser un país de ingresos bajos. Felicitémonos. Y como demuestra bien el contenido de este número de la revista PODER, el Perú viene cambiando vertiginosamente desde sus ciudades. Su transformación es la de sus urbes y sus cita- dinos habitantes cada vez más numerosos y ricos (o menos pobres). Pero como no soy demógrafo ni economista, todas estas variaciones interesantes y positivas pronto languidecen en mi imaginación futurista al no verlas acompañadas de un desarrollo institucional, político. Tengo claro que la civilización es producto de la ciudad y que la prosperidad general no se crea entre cerros, vacas y chacras sino entre el feo caos creador de las avenidas y su muchedumbre anónima. Sin embargo, nuestra prosperidad reciente y caótica se alza junto a unas instituciones estériles. De poco nos servirá el enriquecimiento si terminamos como esos países que sin ser ya pobres siguen viviendo entre sobresaltos de todo tipo y donde muchos de sus ciudadanos se ven condenados a llevar una vida –usemos la vieja fórmula– temerosa, cruel y breve.

Aunque nuestras carencias institucionales son de todo tipo yo quisiera subrayar tres particularmente relevantes a la luz del boom reciente de nuestras ciudades. En primer lugar, la capacidad efectiva de hacer respetar la ley frente a distintas actividades delictivas. Muchas de las regiones del Perú y de sus ciudades más dinámicas lo son también por la emergencia de actividades ilegales muy lucrativas. Y lamentablemente en muchos de esos casos el Estado viene perdiendo una lenta y larga batalla. Tanto que, más allá de lo que digan las normas penales, ya cabe preguntarse si el contra- bando es realmente ilegal en Puno, si las mafias madereras o la explotación informal de oro son perseguidas en Madre de Dios, si el narcotráfico está efectivamente al margen de la ley en la selva peruana, si el contrabando de gasolina es realmente ilegal en Tumbes, si la prostitución infantil está en los hechos proscrita en Iquitos, y un larguísimo etcétera. Nuestras instituciones débiles de toda la vida son cotidianamente avasalladas por nuevas y millonarias actividades delictivas en el país. A los entusiastas del mero crecimiento económico habría que recordarles que México, ese país con US$15 mil de PBI per cápita y que alguna vez tuviera al Estado más sólido de toda América Latina, viene perdiendo la libertad y su emergente democracia por causa del desplome del Estado. Mucho me temo que si los carteles de la droga han puesto de rodillas al Estado mexicano, al lisiado Estado peruano lo mandan a la lona de una. El crecimiento económico no se va a encargar por sí solo de resolver estos problemas institucionales.

En segundo lugar, padecemos disfunciones institucionales en la manera en que se vinculan Estado y sociedad. No perdamos de vista que, sin partidos políticos, el voto de los peruanos se va haciendo cada vez más gregario y determinado por la condición social. Como han mostrado cálculos de David Sulmont, el voto por PPK ha sido el más pituco de nuestra historia electoral, más incluso que el de Mario Vargas Llosa en 1990. Y ya sabemos que el de Humala también ha tenido en dos elecciones sucesivas la composición inversa. Los partidos políticos poseen la virtud de hacernos votar por ideas comunes, de agruparnos a ciudadanos de diferente condición alrededor de principios, de algunas políticas que esperamos ver puestas en marcha. Sin partidos, la gente comienza a ser guiada políticamente por la primaria semejanza social. De pronto, para saber por quién votarás, antes que conocer tus ideas, es mejor saber tu dirección.

En este contexto abarrotado de votantes calatos de todo lazo político, la multiplicación de enriquecidas ciudades es un nuevo riesgo a mediano plazo. ¿Qué tipo de plataforma política vincula a las ciudades de entre 30 mil y 250 mil habitantes que vienen emergiendo poderosas en todo el país? En muchos países del mundo los conflictos han dejado de ser entre clases o naciones al interior de los Estados para enfrentar a grandes ciudades que emergen

brutal y repentinamente en esos Estados. La multiplicación de centros urbanos en el país sin un sistema político que los vincule hacia el nivel nacional es un riesgo pues así como florece caótica la riqueza, florecerán caóticos los intereses propios, limitados y enfrentados de las nuevas ciudades y no habrá forma de articularlos, domarlos, amalgamarlos a ciertos principios porque nuestros partidos políticos son un ejemplo más de nuestras instituciones estériles.

Finalmente, nuestra absurda descentralización. Yo sé que usted no me va a creer pero la Ley de Bases de la Descentralización, que lanzó dicha reforma y que la rige hasta hoy, estipulaba que en el 2004 los gobiernos regionales dejasen de existir para que los departamentos del Perú se agreguen en ‘verdaderas’ regiones. Así, por ejemplo, algunos departamentos del sur debían juntarse en una región sureña, los del centro en una del centro y así sucesivamente. Los llamados gobiernos regionales en cada departamento eran una instancia provisional, debían existir nada más que mientras se formaban las ‘verdaderas’ regiones. Pero no ocurrió. En todo el país, con excepción de Arequipa, nadie quiso unirse con nadie, así estamos bien, manifestaron nuestros departamentos en un referéndum, somos departamentos y nada más. Y tenían razón, son departamentos y nada más. Sin embargo, ocho años después de cuando los gobiernos regionales debían haber desaparecido por imperativo de la ley y del sentido común, ¡siguen allí! Y poco a poco el tiempo le va ganando la partida al sentido común: ahora a los departamentos les llamamos regiones. Wittgenstein tenía razón, las palabras no tienen significados, solo poseen usos. De esta manera, hemos transformado una estructura farragosa, costosa, inútil y nacida para ser transitoria en una mole inamovible con pretensión de ser la gran reforma del Estado peruano. Nuestra descentralización, como la pasajera de Charly García, vive en tránsito perpetuo.

No tengo espacio aquí para desarrollar cuán descabellada es esta descentralización que conforme pasa el tiempo se hace más complicada de reformar, o de plano desmantelar. Quedémonos en el ámbito de nuestras ciudades. Si carecemos de instituciones representativas (partidos políticos) que puedan agregar los diversos intereses que van surgiendo en ellas, al menos podríamos tener instituciones político-administrativas que favorezcan la vinculación y no la fragmentación. Lamentablemente, esto no sucede pues esta descentralización traza fronteras ‘regionales’ entre ciudades que deberían integrarse, colaborar entre ellas. Por ejemplo, en lugar de que las impetuosas ciudades de Abancay, Sicuani, Juliaca y Arequipa construyan juntas el desarrollo del sur, la descentralización las divide pues las cuatro pertenecen a cuatro ‘regiones’ distintas. La descentralización las atrapa, bloquea y obliga (a ellas, sus ciudadanos y sus intereses) a centrarse en sus respectivas capitales de departamento y dirigir sus recursos hacia sus absurdos gobiernos regionales, dando lugar a agrupaciones políticas que llamamos ‘movimientos regionales’ cuando se trata, en realidad, de meros liderazgos departamentales. La burocracia inútil creada y perennizada en los gobiernos regionales de cada departamento es un desperdicio millonario de recursos con el cual habrá que terminar algún día. Porque, ojo, el problema no es que esas plataformas nos cuesten mucho, sino que no cumplen ninguna función que amerite su existencia. ¿Ya se detuvo usted a pensar en ese sublime delirio que es el Callao, una zona de Lima, con municipios distritales, sobre ellos un municipio provincial y encima un gobierno regional?

En resumen, en las ciudades del Perú el mercado viene realizando de manera espectacular lo que mejor sabe hacer: crear riqueza. Pero nuestras instituciones, ay, siguen dejadas a la buena de Dios. Feliz- mente Dios es peruano.

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