¿Qué y cómo piensa la élite que no es élite?

Revista Poder

Para mí, lo más sorprendente de la reciente elección presidencial peruana sigue siendo el fracaso calamitoso de la élite económica del país. Es cierto que lleva un par de décadas de derrota en derrota electoral, pero ninguna tan paradójica y humillante como esta. No solo por el fiasco tragicómico de su candidato favorito (Pedro Pablo Kuczynski), sino porque el ganador ha resultado ser su archienemigo Ollanta Humala. Es decir, a pesar de ser los grandes beneficiados de los últimos diez años en este país, no tienen la capacidad de hacer política e impedir que el candidato más ajeno a sus intereses resulte elegido (por medios democráticos, se entiende). Peor aun, la apuesta de grandes empresarios y medios de comunicación por PPK dos meses antes de la primera vuelta es la directa responsable de que Humala haya sido elegido presidente (cosa que la mayoría en este país no queríamos). Y con esto no funjo de general después de la batalla, pues varios advertimos antes de la primera vuelta que era una gran irresponsabilidad de parte de la élite levantar a un candidato que solo podría ganar una elección si esta se llevaba a cabo en la Tiendecita Blanca. Entonces, no solo carecemos de élite debido a que es incapaz de concebir cuáles son los intereses del país sino que, mucho más primario aun, ella es incapaz de concebir sus propios intereses. Discúlpenme si me repito, pero queda claro que carecemos de élite. Como mucho, poseemos una casta con privilegios. Y los países necesitan élites.

Ahora bien, ¿qué piensa esta élite que no es élite? ¿Cuáles son las convicciones que cincelan sus fracasos políticos? No es fácil saberlo, pues no participa directamente de la vida pública, de la cual se acuerda cada cinco años cuando entrega unos billetitos a cada candidato como si comprase un “huachito” de cada lotería. Felizmente, en los medios de comunicación se encuentra fácilmente a varios de sus voceros y, en época de susto electoral, en estado de transparente pureza. Un magnífico ejemplo es Fritz du Bois, director del diario Perú 21. Me he dado la tarea de leer lapicero en mano todos sus editoriales del 1 de marzo al 16 de junio de este año, buscando ahí las pistas para entender por qué nuestra would be élite está tan desconectada del país y por qué es reiteradamente rechazada por la gente. Además, esta lectura es interesante, ya que Du Bois no solo es una voz de la élite que no es élite sino que, además, es alguien oído por ella, alguien que da línea. Si sus análisis son completa y reiteradamente errados, tendremos una primera pista del origen de la mala estrella de esta élite que no es élite. La lectura me ha dejado tres grandes impresiones:

[1] Incapacidad para comprender que el votante no es unidimensional, que “el modelo económico” no es ni por asomo el único criterio de elección entre los peruanos. Y, debido a esto, fue incapaz de comprender por qué la segunda vuelta era un “dilema”.

[2] Actitud de paternalismo de quien cree poder inventar a un candidato de la nada o desinflar a otro manipulando a ciudadanos que vienen votando ininterrumpidamente desde hace más de treinta años.

[3] Quienes se oponen a las creencias del editorialista no pueden hacerlo por legítimas convicciones políticas, lo hacen desde rastreros motivos materiales.

Uno. La elección del 2006 ya había dejado sentado que el “modelo económico” no es el único criterio desde el cual la población vota. Y esto era chocante tanto para la izquierda marxista como para la derecha neoliberal cuyas reflexiones políticas han sido siempre “modelo-céntricas”. El 2006, Humala había pasado de 32% en la primera vuelta a 47% en la segunda; vale decir, entre una y otra instancia, consiguió votos que previamente habían sido de Valentín Paniagua, Lourdes Flores, Martha Chávez y Humberto Lay. En esta elección, el fenómeno estaba presto a repetirse. Sin embargo, desde antes de la primera vuelta, el director de Perú 21 dividía a los candidatos presidenciales en uno “anti- sistema” y cuatro “pro sistema”. A veces, variaba su marco teórico al presentarlo como cuatro candidatos “moderados” y uno “radical” (a quien ni siquiera llamaba por su nombre, sino “el bolivariano”). En términos analíticos, esto no servía de nada, pues es reflejo de las convicciones del editorialista, no una división que sirva para comprender una sociedad que no está ni remotamente ordenada de esa manera. Estos lentes sucios lo llevan a afirmar el 28 de abril que “si bien son numerosos los temas que preocupan a la población […] va quedando claro que el factor decisivo será el programa económico de los candidatos”. Es más, algunas veces se pregunta —con la misma perplejidad con la cual el marxista de salón se interrogaba por qué los obreros no tomaban los fusiles si así lo predecía la teoría— por qué Vargas Llosa o los simpatizantes de Toledo se están yendo con Humala: ¿cómo diablos se pueden ir con él —se desespera— si poseen otras ideas económicas? Como le sucede a todo intelectual ideologizado, la batalla de Fritz du Bois comienza a ser contra una realidad que no se amolda a la teoría. Y esto alcanza el delirio cuando el 17 de abril, en su análisis de lo sucedido en la primera vuelta, brinda como primera conclusión que “se cumplió la predicción de que la división del voto moderado iba a beneficiar al candidato bolivariano”. ¿Perdón? ¿Cómo así la división podría beneficiar a quien llegó primero por mucho con 32% y no a quien llegó segunda con 23%? ¡Si el centro no se dividía, quien no pasaba a segunda vuelta era Keiko Fujimori! Y remata con una frase psicotrópica: “Imagínense que se hubiera logrado una alianza Toledo-PPK. Estaríamos comentando una segunda ronda electoral entre ellos y Fujimori, sin ningún temor de que el país se desbarranque en el precipicio bolivariano”. Ante estos “análisis”, solo queda recordar lo que Octavio Paz le imputó alguna vez al buen Monsiváis: no tiene ideas, tiene ocurrencias.

Ahora bien, esta despistada lectura del electorado peruano da lugar a una segunda y crucial consecuencia para entender el fracaso de nuestra élite que no es élite: no entienden por qué esta elección era un “dilema”. Lo paradójico es que mientras el editorialista está desorientado por la “in- consecuencia” de Vargas Llosa al apoyar a Humala (como si apoyar a Fujimori fuese lo natural en un demócrata o no sonase a contradicción en Vargas Llosa), Heduardo, su caricaturista y vecino de página en el diario, sí comprendía la carga completa del dilema cuando uno de sus narigones personajes afirmaba: “No saltes al vacío, salta a la podredumbre”. No encontramos jamás en los editoriales de Du Bois una columna sobre esa podredumbre, respecto de la corrupción en tiempos de Fujimori, sobre el secuestro de los medios de comunicación durante los noventa o a propósito de Montesinos o respecto de violaciones de DD.HH. (de los DD.HH. solo se acuerda si el crimen lo cometió Humala) o una sobre el 5 de abril, etc…. En algunas columnas, se refiere, de pasadita y sin ahondar, a los “aspectos negativos del gobierno de su padre”. La única vez que explicita cuáles serían estos “aspectos negativos” lo hace el 1 de mayo en tres sucintas líneas: “En lo que respecta a Keiko, ella ha heredado lo negativo del gobierno de su padre como son la compra de la línea editorial de medios, la corrupción y la violación de derechos humanos”. El señor Du Bois tiene todo el derecho de preferir a Keiko Fujimori sobre Humala, pero la élite que no es élite se dispara en el pie al no exhibir algo de vergüenza, algún recato en su apoyo al fujimorismo. Si no das al menos la impresión de comprender por qué la elección era un dilema, se pierde legitimidad al bombardear a Humala. Las personas que sí están capturadas en la encrucijada (aunque al final se decanten por cualquiera de los dos) no entienden cómo te has decidido tan fácil, rápida y entusiastamente por quien genera tantas dudas en tanta gente.

Dos. Aunque los peruanos llevamos tres décadas votando libremente, no terminamos de acostumbrarnos a este hecho tan extraño en nuestra vida republicana. Incluso el gobierno de Alberto Fujimori no pudo eliminar las elecciones (aunque las manipulase en un par de ocasiones); y a nivel municipal, la gente no ha dejado de elegir con libertad y orgullo a sus alcaldes

en estas tres décadas. Pero hay quienes no terminan de convencerse de que los peruanos se han ganado este derecho fundamental y que saben utilizarlo. Hay quienes intentan alienar el derecho a votar libremente a través del clientelismo, pero ya Tycho Janampa ha mostrado que cuando el fujimorismo llegaba a Ayacucho cargado de cocinas, polos y almanaques, los líderes comunales les respondían bien clarito, “Si quieres, te devuelvo tus regalos”: más de treinta años votando, el oficio de ser ciudadano ha ido abriéndose paso; ¡y claro que recibieron los regalos!, porque son pobres, pero luego votaron en libertad porque son ciudadanos. Y luego están quienes piensan que se puede manipular con éxito desde los medios de comunicación. Y fracasan. Primero con la invención de PPK, pues Fritz Du Bois y Perú 21 se compraron (¿o fabricaron?) la ilusión PPKausa. En la primera mitad de marzo, varias portadas y editoriales anunciaban la llegada del “outsider” (sic) con futuro cuando este ni siquiera se había acercado a 10% de intención de voto y era evidente que el señor jamás levantaría vuelo fuera de ciertos distritos limeños (¡pero el 25 de marzo, presenta una encuesta donde PPK va primero en seis departamentos del sur del Perú!). Finalmente, ya sabemos el destino que tuvo dicha candidatura. Y en la segunda vuelta, la campaña contra Ollanta Humala fue lo de siempre, y el resultado final también. Aunque cada una de las acusaciones aireadas en las primeras planas de Perú 21 en los últimos dos meses fuesen ciertas, la inexistencia de cuestionamientos (ya no de denuncias) contra la otra candidata deslegitimaba por completo al periódico.

Tres. Si el punto precedente recoge una actitud prepotente de quien cree poder manipular a la población, la prepotencia adquiere sabor a gamonal cuando se trata de analizar por qué la gente está prefiriendo al candidato que no debería preferir. Aquí encuentro una diferencia interesante entre Du Bois y Aldo Mariátegui. El director de Correo tiene tendencia a pensar en términos esencialistas: quienes votan “mal” son tontos por naturaleza, el “electarado”, o esos ricos limeños que de tanto aparearse entre ellos han terminado corroyendo sus capacidades mentales. Sin embargo, Du Bois, más que a un naturalista del siglo XIX, se parece a un gamonal de cualquier siglo: quienes prefieren al candidato “equivocado” son unos pongos andrajosos en busca de media parcela de poder donde paliar su miseria. Por ejemplo, el 12 de abril, escribe: “El ala de ‘queremos chamba’ de Perú Posible [sic] […] parece ser la que aceptaría con más facilidad el acercamiento de Humala.

Son, después de todo, no menos de 5 años de estar empleados así que ya deben de estar presionando a sus dirigentes para que empiecen a negociar un pacto”. (El 29 de mayo repitió la misma idea respecto de los peruposiblistas). Y, en un gesto francamente bajo y decadente, el 8 de mayo se permite decir que el apoyo de Mario Vargas Llosa a Ollanta Humala es algo así como un capítulo más en la historia latinoamericana, donde las “dictaduras siempre atraen a algún intelectual que, seducido por la cercanía al poder, intenta explicar lo injustificable”. (También es innoble que el 22 de abril le otorgara la primera plana del diario a las declaraciones del jefe de gabinete argentino, quien dijo que Vargas Llosa “hablaba estupideces” cuando se le había intentado censurar en la feria del libro de Buenos Aires). El señor Du Bois no comprende, no imagina, que uno pueda rechazar a la representante de un régimen autoritario que es, a la vez, el más ladrón de toda nuestra historia, por algún tipo de convicción ciudadana. Para él, en realidad, lo hacemos pues andamos a la búsqueda de una chambita en el gobierno nacionalista, somos unos pelagatos de intereses rastreros, unos perros a los que se seduce con tres huesos lanzados desde el poder. Esto es tan absurdo como si yo pensase que su apoyo al fujimorismo no proviene de sus arraigadas convicciones libertarias sino de su nostalgia por aquellos maravillosos años noventa en que él y sus colegas del Instituto Peruano de Economía no dejaban de ocupar puestos clave en el Ministerio de Economía mientras el régimen se levantaba al Estado en peso. ¿Quién podría imaginar una cosa así?

Finalicemos. Para que nuestra élite que no es élite comience a ser élite (lo que es posible, ¡sí se puede!), debe convencerse de varias cosas: ya no hay pongos en el Perú, sino ciudadanos acostumbrados a votar; el “milagroso modelo económico” está lejos de ser el único criterio desde el cual los ciudadanos votan; deben oír a analistas menos ideologizados y no a vendedores de sueños de opio; deberían invertir en un partido serio de derecha y enviar a sus hijos a hacer política, porque nada asegura que siempre tengan a mano a los militares, a un chinito vivazo o a un aprista arribista para defender sus intereses. Y, en última instancia, la élite que no es élite debe recordar que su admiración por el gobierno de Fujimori es percibida de una manera que Tocqueville ya había decodificado en la Francia revolucionaria: el aprecio que la aristocracia siente por el gobierno autoritario está en relación directa con el desprecio que siente por su pueblo.

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