El tea party perucho

Revista Poder

“Manipulator of crowds / you’re a dream twister”.

Bob Dylan

Soy de derecha. Pero no soy un campesino asustado. Y detesto que me traten de manipular con espectros que se supone que me inducirán al pánico. Es la razón por la cual el Tea Party gringo me revuelve el estómago. El Tea Party es un partido ultraconservador, pero sobre todo ultramanipulador. A través de la cadena de televisión Fox y medios afines ha conseguido pasar entre los estadounidenses la idea de que Barack Obama es socialista (aunque provenga de la Universidad de Chicago), de que es musulmán (aunque sea cristiano) y de ser un pitucazo pues pronuncia bien las palabras en francés y en castellano (mejor sería que, como Sarah Palin, no hable bien ni el inglés). Además, con ayuda de la ignorancia carismática del conductor de televisión Glenn Beck disfrazan la emergencia del Tea Party como un movimiento popular, cuando es financiado y dirigido por unos granjeros azucareros multimillonarios. Pero el objetivo último es asustar al elector gringo, convencerlo de que unos negros, musulmanes y comunistas le quieren robar sus libertades y que el remedio contra tremenda injusticia es eliminar los impuestos a los millonarios. Y de tanto martillar, en una encuesta reciente 24% de los estadounidenses manifiestan que Obama es musulmán y, gran casualidad, ese mismo grupo “desaprueba” la gestión del Presidente. Se asustaron los granjeros.

En el Perú se viene fraguando nuestro Tea Party, nuestro Fox News y nuestro Glenn Beck. El diario Correo ha abierto fuego contra Susana Villarán con una lógica de Tea Party: quieren asustarme como a granjero gringo. Creen que por ser de derecha me voy a convencer de que la tía es terruca, pastrula y ladrona. No se pasen. Puesto que acusarla de pituca no ha tenido efecto entre sus votantes (lo cual es lógico pues su bastión ha sido el A/B… ¡los pitucos no se asustan de los pitucos!), Mariátegui y su primera plana han decidido cambiar de estrategia y asustar a los de arriba con el asunto de que Villarán es una Elena Iparraguirre new age. Así de explícito. Ella sería el vehículo de los extremistas de Patria Roja, estaría buscando la alcaldía para saquearla y entregarle todo el dinero a sus amigos comunistas y así convertir al Perú en Bolivia. Eso ya no es periodismo.

Tal vez sería bueno ver el asunto con menos agenda y más mundo. Partiré de una premisa: los votos moderan a los extremistas. Los extremistas lo son, en buena cuenta, porque están convencidos de la imposibilidad de su éxito electoral. Vale decir, son, simultáneamente, perdedores y extremistas… hasta que las encuestas les sonríen. Y generalmente el éxito empieza a sonreírles con un candidato moderado al que fustigan por “entreguista”; pero una vez que el líder alza vuelo se cuadran ante el “entreguista”.

Así ha ocurrido en un montón de sitios. Felipe González a finales de los setenta se la puso clarita a los socialistas españoles: ¿quieren que yo —y mi cara de chaval cojonudo— sea candidato a la presidencia del gobierno? Pues me borran toda alusión a la lucha de clases en los estatutos del PSOE. Y como los dinosaurios se negaban, renunció al partido y se fue. Y tuvieron que ir a buscarlo a su casa, cabizbajos y con un estatuto sin impurezas comunistas: preferían los votos de Felipe a sus viejas consignas. Patricio Aylwin, por su parte, debió gobernar en alianza con los socialistas chilenos cuando estos todavía no eran unos convencidos del libre mercado. ¿Y no es algo similar lo que ha sucedido con el Frente Amplio uruguayo? El popular Tabaré Vásquez fue domesticando a los ultras desde sus sucesivos triunfos electorales a nivel local. Gobernar es un largo remojo de barbas.

Por lo demás, no solo se moderan los extremistas. Se moderan los propios líderes. Lula es hoy mucho más pragmático que cuando asumió el gobierno hace casi ocho años. Y Dilma Rousseff, candidata a la presidencia por el PT y antigua guerrillera de verdad, es una convencida de la democracia representativa y del libre mercado. Y una vez moderados los líderes, se modera y estabiliza el sistema político. Cuando Felipe González se tiró al centro, Santiago Carrillo, líder histórico del comunismo español, cayó en la cuenta de que el PSOE desfalcaría por completo al Partido Comunista español si no moderaban el rollo.

Susana Villarán no es Felipe González. Pero es una novedad que Patria Roja se cuadre ante quien, sin hacerlo explícito, los maletea por anticuados. Mientras ella sea la locomotora y quien cosecha los votos —y por tanto posibles cuotas de poder—, estarán calladitos. Me parece una mejor opción que dejarlos fuera de una coalición que se pretende de izquierda moderada. Y no me van a asustar con la conexión Patria Roja – Sutep. El Sutep, finalmente, es el sindicato de miles de maestros que educan a los niños peruanos en las condiciones más difíciles y con unos salarios que, en términos reales, se pauperizan década tras década. Yo haría más huelgas que ellos si viera que mi empleador me precariza las condiciones de trabajo año tras año. Y, por cierto, si Patria Roja no estuviera en la colada, el Tea Party perucho acusaría a Villarán de no darle espacio a la izquierda popular. Las elecciones municipales son una buena arena para tentar un equilibrio entre derecha e izquierda, aunque sea en Lima. Las capitales suelen albergar partidos y gobernantes progresistas. Es buen síntoma. De otro lado, la arena municipal también es un buen ámbito para votar con menos temores. Algo así como lo que los politólogos europeos llaman las “second order elections”, elecciones donde ecologistas o comunistas pueden conseguir lo que no obtendrán en las generales.

No tengo idea de si Susana Villarán se convertirá en la Bachelet peruana. Tal vez no posea el talento ni el partido para hacerlo. Pero por el momento encabeza lo único que en el Perú se denomina “izquierda moderna” y que, sorpresivamente, recibe preferencias electorales. No es un cura, no es un militar. Es una opción que la derecha responsable podría ver como la oportunidad de brindar cierto orden político en un país cada vez más caótico en la representatividad. Los países con izquierdas liberales son los que mejor vienen haciéndolo en América latina.

Los países ganan cuando un partido de izquierda abraza los principios de la economía de mercado. El mercado y sus instituciones se legitiman frente a la población pues la izquierda está abocada a hacerlos visibles frente a sectores de la población generalmente marginales. Mientras la izquierda no participa del poder en la “democracia de mercado”, el sistema tiene pinta de estar arreglado, huele a tongo. Así que a la derecha podría interesarle que las instituciones del libre mercado ganen estabilidad a través de un sistema político con derecha e izquierda. Pero, claro, hace falta una derecha que considere a la izquierda como adversario y no como enemigo sin derecho a la existencia.

Pero hace falta también un liderazgo que comprenda las implicancias de ser “izquierda moderna”. Y todavía está por verse si Susana Villarán lo posee. La primera prueba será no contestarle el teléfono a la izquierda vintage. Varios de los intelectuales del nacionalismo humalista ya están emocionados con un proyecto “de izquierda, socialista, liberal y democrático”. No se pasen, pues. ¿No apoyaban ustedes a la combi nacionalista que no es ni de izquierda, ni socialista, ni liberal sino, más bien, democrático-plebiscitaria? Y querrán convencer a Villarán de que su voto es expresión de protesta contra el modelo económico. No seamos locos. De lejitos no más.

En fin, si Villarán esquiva las pedradas de la mara Tea Party y consigue no prestarle oídos a la izquierda “teórica”, tal vez inicie una izquierda “moderna”. ¿Podrá? Ojalá.

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