Episodios de una sensación limeña

Revista Poder

[1] Leo en el periódico que se ha inaugurado seis nuevas salas de cine en Ica. Las cifras que se mencionan en el reportaje son puro entusiasmo. Luego de la multiplicación de multisalas en Lima, ahora le toca al país. Fantástico, me alegro por los iqueños y las provincias del Perú que vieron durante años cerrar sus cines uno tras otro o, peor aún, verlos convertirse en iglesias. Entonces he ido a Google para husmear en qué consiste la cartelera de estos magníficos nuevos cines UVK. Al ver la cartelera (lunes 1 de febrero) ya no me siento tan contento por los iqueños pues el moderno cine les ofrece deleitarse con cinco películas: Hada por accidente, El aprendiz de vampiro, Actividad paranormal, Zombieland y Papás a la fuerza. Es obvio que hay un empresario que menosprecia a los iqueños, que los considera incapaces de ver alguna película que no sea imbécil o para adolescentes (que viene a ser lo mismo) o, peor aún, que se frota las manos al ver cómo, día día, cauteriza en el público cualquier gusto por un cine distinto.

Y la situación no es mejor en Lima. Avatar en todas las salas, la diversidad al olvido. ¡Pero hay que ver qué modernas son las salas! Y los cineclubes, por su lado, languidecen pasando películas en DVD. ¿Por qué las opciones son tan pobres en comparación con otras capitales latinoamericanas? Los amantes del statu quo responden que lo que ocurre es que recién empieza el proceso de expansión económica, que las películas de calidad ya llegarán en mayor cantidad cuando la gente se enriquezca un poco más, cuando el país se modernice más. ¡Una farsa! En los noventa, cuando en Lima los universitarios no teníamos Starbucks donde tomar café ni Ripley donde endeudarnos, existía la Filmoteca de Lima, donde se pasaban dos películas distintas cada día con el mejor cine del mundo. Y la ciudad era mucho más pobre que hoy. Al universitario cinéfilo de hoy, en cambio, le toca ir a pasaje 18 de Polvos Azules y comprar los DVD piratas del cine que antes –cuando éramos pobres y premodernos– podíamos ver proyectado en una pantalla.

[2] Llego a mi casa para recoger unos papeles que me hacen falta. No tengo tiempo de estacionar el auto en la cochera, así que trato de cuadrarlo en un espacio para dos carros que suele estar libre fuera del edificio. Pero hoy no va a ser posible porque hay un solo vehículo ocupando un espacio y medio: una Hummer. ¿Qué tipo de subnormal se gratifica en usar estas tanquetas para moverse por Lima, donde las calles son angostas y el tráfico vez más congestionado? Y aunque la Hummer es el punto más alto de la desconsideración, el boom de las 4×4 no está muy lejos. ¿Por qué hace falta una camioneta de doble tracción para ir al gimnasio o a recoger a los niños de la escuela? Solo sirven para ostentar la capacidad de endeudarse (ni siquiera es la ostentación de la riqueza) y demostrar que la prepotencia está lejos de ser monopolio de combis y buses interprovinciales. Y en las Hummer se percibe la pretensión fascista de militarizar la vida civil, la ostentación de la arquitectura fascista, el propósito de estetizar la violencia, como denunciaba Walter Benjamin. Frente a este paraje de ostentación y prepotencia, no resulta sorpresivo que los candidatos presidenciales favoritos de nuestra capital sean Keiko Fujimori y Luis Castañeda, que han hecho de la intrascendencia intelectual una virtud.

En fin, más prósperos y con más mastodontes de doble tracción, pero con la misma y lamentable clase política de los últimos lustros.

[3] Cuando paso por la Universidad Católica me entusiasma la prosperidad de sus estudiantes. Me entusiasma, además, la democratización del alumnado de la universidad: hoy el distrito con más estudiantes en la Católica es San Martín de Porres. Hace muy poco no era así. Y cuando entro a las cafeterías no dejo de asombrarme de la cantidad de laptops que veo sobre las mesas, de los iPods que cuelgan de las orejas, un panorama muy distinto de cuando, hace una década, yo mismo me sentaba ahí. Estudiantes globalizados, me digo con alegría.

Pero no es tan cierto. Internet y sus herramientas más populares (Facebook, blogs, Twitter, etc.) no parecen cumplir por el momento ese papel de globalizar a los estudiantes. Por el contrario, tengo la sensación de que radicalizan el provincianismo. Potencialmente, debería servir para contactarse con el mundo, pero en la práctica el ciberespacio les sirve para comunicarse entre ellos más rápido. Más que una herramienta cosmopolita es una que agiliza las comunicaciones más locales.

Salgo de la cafetería y me encuentro con un amigo profesor en Ciencias Sociales. Le comento esta prosperidad nueva, más democrática. Confirma los cambios percibidos, me da algunas otras cifras en la misma dirección y luego agrega que “aunque el número de alumnos se ha multiplicado en los últimos años en la universidad, los préstamos de libros en la biblioteca de Ciencias Sociales se reducen cada año”. Vale decir, más alumnos y más prósperos, pero los estudiantes tienen menos contacto con los libros.

Y ahora recuerdo que el alcalde de Miraflores ha decidido deshacerse de la feria del libro de su distrito. El Miraflores boyante de hoy ya no quiere saber nada de una feria del libro que auspiciaba desde que las ratas eran el inquilino principal del parque Kennedy.

[4] Arthur Miller escribió la pieza de teatro The Crucible (Las brujas de Salem) para atacar la tiranía política. Aunque la obra narra la historia de unas adolescentes presuntamente poseídas por el demonio en un puritano pueblo estadounidense en el siglo XVII y el proceso judicial-teológico al que la posesión dio lugar, el objetivo mayor de la obra era atacar la intolerancia de la comisión parlamentaria que presidió el senador McCarthy en los conservadores años cincuenta estadounidenses. Desde entonces, el sustantivo “macartismo” alude al reflejo autoritario de controlar la vida política de los ciudadanos, de realizar “cacerías de brujas”.

Fui a ver la puesta en escena de Las brujas de Salem en la espléndida sala del teatro USIL de Larcomar, a la cual nunca había ido. Gran decepción. La obra había sido desvencijada de todo su contenido político. Había sido convertida en una obra histórica, una obra sobre el puritano siglo XVII estadounidense y no una sobre la tiranía en el siglo XX o XXI. Aquello que debía ser alegoría se convirtió en reportaje. De la metáfora quedó poco. La obra trastocada y aligerada, escamoteando lo trascendente (político o sexual), los diálogos ametrallados a toda velocidad sin darle respiro al espectador (¡no vaya a aburrirse!), quien no puede digerir la densidad de cada idea. En suma, una obra condescendiente con el público.

Pero la sala es magnífica y los equipos los más modernos; y en la oscuridad de la sala repleta se perciben los Blackberries apagándose y encendiéndose.

[5] El país asiste a un colosal momento de cambio. Si no hay contratiempos mayores, el crecimiento económico se mantendrá y los sectores modernos del país seguirán ampliándose. Pero mi sensación es, también, que la modernización trae consigo un conformismo pernicioso. Arriba y abajo. La televisión ha vuelto a ser una herramienta de embrutecimiento deliberado como en tiempos de Fujimori, tanto la oferta como la demanda cultural son conservadoras en extremo, los periódicos siguen siendo de un nivel lamentable. Sospecho que criamos un pueblo que es cada vez más instruido pero cada vez menos educado, y si bien me alegra la multiplicación del consumo también me deja perplejo la sedimentación del consumismo. Y nada de esto es un reclamo nostálgico por algún tiempo pasado que habría sido mejor. Al contrario. La preocupación es por lo que se viene.

Claro que estos episodios solo son el desarrollo Nada más que una sensación. Sin embargo, no me olvido de David Hume: en términos de conocimiento, todo lo que poseemos los seres humanos son sensaciones.

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