¿Y qué pasó con la P del APRA?

Revista Poder

Desde que García publicó “El síndrome del perro del hortelano”, los analistas políticos se han preguntado y enfrentado respecto del linaje de aquellas ideas. Algunos, como Sinesio López, le reprochan a García una suerte de traición al pensamiento de Haya de la Torre (de signo progresista). Hugo Neira, en cambio, no ve traición alguna hacia las ideas del líder histórico. Por el contrario, el acercamiento del APRA al libre mercado sería parte de un largo proceso de renovación programática del cual ya se encontraban pistas en el pensamiento del propio Haya. Ambas posturas no son certeras.

El populismo latinoamericano (del cual el APRA formó parte) fue siempre pragmático políticamente, y raras veces ideológicamente sólido. No se puede exigir lealtades (o traiciones) programáticas a quienes no solían exhibir programas claros. Esta ausencia de doctrina política contrastaba con el resto de partidos. Por ejemplo, contrastaba con los partidos de izquierda que intentaban racionalizar cada acción política desde un esquema marxista; también con los partidos liberales, fundados en el libre cambio y los derechos individuales; e, igualmente, con los partidos socialcristianos, que se inspiraban en encíclicas venidas de Roma. Los movimientos populistas, en cambio, no respondían a ideologías comprehensivas, sus líderes eran animales políticos dispuestos a sacrificar las ideas por una elección ganada. Y esa fue su fortaleza a lo largo del continente: la intuición de corto plazo y el discurso emocionado desde los balcones, antes que la sofisticación argumentativa. Sus doctrinas solían ser malamente vacuas.

El APRA, dentro del populismo latinoamericano, fue acaso el que más seriamente estableció una doctrina (sobre todo en sus primeros años y, fundamentalmente, en su plan de gobierno de 1931). Sin embargo, al igual que el resto del populismo latinoamericano, con el correr del tiempo rentabilizó bastante más su olfato que sus ideas. Por eso, a lo largo de su historia pudo hacer y deshacer alianzas según la música de cada época.

La actual gestión aprista, inmoderadamente libre cambista, no debería sorprender a un observador de la política latinoamericana. Son los partidos populistas tradicionales latinoamericanos los que introdujeron con mayor radicalidad las reformas neoliberales en el continente. Entonces, no es una sorpresa que un partido tradicionalmente populista como el APRA abrace fervorosamente el neoliberalismo.

Ahora bien, si no debe sorprender la afinidad del APRA con la ortodoxia económica, si debe hacerlo su renuncia a encarnar “lo popular”, como lo sugerían sus viejas siglas. Quisiera observar esta desvinculación con lo popular desde dos ángulos. En primer lugar, desde la estrategia de García y su partido de cara a las próximas elecciones y, en segundo lugar, desde la situación política general del país.

El APRA fue siempre un partido vinculado a las clases populares y reformistas. Ni proletario ni revolucionario. He sostenido en otro espacio que el éxito de García como candidato en el 2006 consistió en convertirse en un doble centro político. En el corto plazo, logró ser el centro electoral entre Lourdes Flores y Ollanta Humala. Y en una dimensión más profunda, el candidato de las clases medias –materiales y simbólicas– y/o de la provincia emergente. En resumen, García fue un típico candidato aprista de votaciones altas en el norte y más bien débiles en el sur. ¿Por qué debería García abandonar una situación tan rentable como esta en beneficio de un gobierno desvinculado de dichos sectores medios? Tengo la sensación de que al APRA le convendría cultivar la relación con estos ciudadanos que son políticamente moderados, socialmente populares y que, sin ser los grandes favorecidos del boom económico, están recibiendo sus beneficios en varias ciudades del país. Es un conjunto de la población desarticulado políticamente y al cual el APRA podría intentar captar/seducir nuevamente en las próximas elecciones. Pero García pareciera haber olvidado a este elector que en cada elección es decisivo (y que lo llevó a la segunda vuelta el 2006).

En el plano general, el APRA no está consiguiendo suavizar el enfrentamiento político en el interior del país. Durante la campaña electoral del 2006, más de un analista afirmó, con buena intuición (e intención), que García en el poder sería un puente entre el país incluido y excluido, que el APRA podía acercar al Perú real y al Perú formal. O, para decirlo desde la otra orilla, que ni Lourdes ni Ollanta estaban en capacidad de ensamblar al Perú de allá con el Perú de acá.

A casi tres años de la elección, el pronóstico/promesa se ha desvanecido. García se ha contentado con administrar la riqueza que venía generándose desde inicios de la década, reducir en algo la pobreza, capear algunos temporales políticos, sufrir su popularidad nimia y lidiar con regiones algo revoltosas. En resumen: sus vanidades y angustias, sus virtudes y defectos, son los mismos que acompañaron a la gestión de Toledo. Pero aquello que constituía un balance positivo para Toledo no tiene por qué serlo también para la gestión de García. Después de todo, Toledo no había sido presidente previamente, le temía más a su partido que a los de oposición, le tocó lidiar con los rezagos del fujimorismo, recibió una economía paralizada y dispuso de toda su frivolidad (y familia) para ganarse la antipatía del país. ¿Cómo podría, entonces, el balance de ambas gestiones significar lo mismo? El mismo resultado en uno era de aplauso y en el otro es, más bien, decepcionante.

La intriga es mayor cuando se observa al gobierno actual. García (no sé si el APRA) ha renunciado al universo que dio lugar a los tan interesantes trabajos de Imelda Vega Centeno en la década de 1980 (como Aprismo popular: mito, cultura e historia. Tarea, 1986). Esta ausencia de conexión con lo popular es palpable, chirriante, en varias decisiones del gobierno. Por ejemplo, tras el terremoto de Ica se debía nombrar a un mandamás de la reconstrucción y se eligió a Julio Favre. Cuando se necesitaba de alguien que organice la reunión de jefes de Estado de la Unión Europea y América Latina se le encargó el asunto a Ricardo Vega Llona. Cuando hubo que crear una oficina anticorrupción, esta fue a parar a manos de nuestra más blanca y regia jueza. En fin… ¿es que no hay alguien algo menos sanisidrino que pueda desempeñar tales cargos? ¿Por qué dichos cargos políticos que dependen de la voluntad del Presidente de la República no juegan simbólicamente aquel papel de acercar el Perú de allá con el Perú de acá, como más de uno había creído que el APRA podía hacerlo? No se trata de poner en duda la calidad profesional de los arriba mencionados. Es un cuestionamiento de sociología política, no uno de evaluación tecnocrática de currículos. Imagino que la aparición de Yehude Simon en el Premierato tiene algo de remedio contra esto.

Por último, sin sumarme a la cofradía de cascarrabias del progresismo nacional, para quienes todo empeora permanentemente en el país, es conveniente señalar que en un país donde cada 5 años se expresa una fractura honda –material y simbólica– de la vida nacional, podíamos (¿debíamos?) esperar que el APRA tratara de resanar dicha fractura fortaleciendo su relación con los sectores sociales medios del país (entendidos en un sentido amplio). Sospecho que el problema reside menos en que el APRA gobierne a la derecha, como que gobierne con la derecha. Con el país electoralmente dividido y el malestar cotidiano que genera la clase política desvinculada de la sociedad, es un problema mayor para el país que el APRA haya renunciado a ser el rostro de lo popular en el Perú.

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