Cotler, Estado y Nación

Diario El Comercio

¿Cómo no alzar la voz en países de energúmenos y aletargados?
​Octavio Paz

Fue hace ya varios años. Un grupo de científicos sociales de Bolivia, Ecuador y Perú nos reunimos tres días en Quito para discutir y comparar los procesos políticos recientes de dichos países. Correa y Morales eran los ídolos de la época. Los estudiantes que abarrotaban el auditorio donde se realizaban las mesas redondas, llegaban con las mochilas cargadas de entusiasmo progresista. La clausura del evento estuvo a cargo de Julio Cotler. El auditorio reventaba de gente. Cuando Julio tomó el micrófono se hizo un silencio reverencial. Y abrió su discurso con algo cercano a esto: “de estos tres días me llevo una conclusión principal: en Bolivia y Ecuador recién están padeciendo a su Fujimori”. Toma ahí. Turulatos.

Ese –y eso– era Julio Cotler. Si en inglés existe la expresión ‘reading the room’ para señalar a quien de un vistazo reconoce qué quiere oír el auditorio que tiene enfrente, Cotler era el ‘anti-reading the room’: de un plumazo advertía lo que el auditorio no quería oír. Y lo soltaba. Lo sufrí yo mismo en una presentación.

Julio Cotler fue un gran científico social. De sus investigaciones histórico-antropológicas sobre la comunidad de San Lorenzo de Quinti en los años cincuenta, a las más recientes sobre empresarios y tecnócratas en el Perú contemporáneo, Julio dedicó décadas al estudio del país. Pero, además –y podría decir, sobre todo– fue un intelectual honesto. Nunca opinó para agradar y mucho menos para cabildear un puesto público. No se casó con ninguna teoría ni ideología, sino con una preocupación: el Perú.

Sin embargo, yo me quedo con su forma de encarar el quehacer intelectual. Los resultados de sus investigaciones podían ser mejores o peores, pero siempre estaban destinados a sacudir algún tipo de convención o conformismo. Su relación con el conocimiento era de debate constante. Y esa vocación por la polémica era doblemente pedagógica. Primero para los involucrados: el rival estaba obligado a sacarle punta a sus argumentos para ponerse al nivel. Y en el Perú lo sufrió tanto la derecha como la izquierda, ninguno de los cuales lo tuvo por uno de los suyos. Julio fue la prueba viva de lo acertado que es ese aforismo según el cual “aquellos a quienes los güelfos acusan de gibelinos y los gibelinos acusan de güelfos, esos tienen la razón”.

Ahora, la pedagogía mayor era para el auditorio que lo veía partir con un hacha las paparuchadas del convencionalismo. En tal sentido, Julio era, antes que nada, creo yo, un anarco sanmarquino. Lo cual no es sino la forma sofisticada de nombrar al ciudadano moderno en una sociedad de colleras, flojeras y sobonería. Ejerció una docencia de la horizontalidad critica en un país vertical donde se oscila entre el desprecio y la franela.

A Julio lo persiguió la angustia nacional. La de un joven judío de ojos azules en busca de arraigo mientras crece en las calles de Breña. Y como científico social, la descubrió a nivel agregado. Muchas veces le oí la afligida pregunta, “¿qué significa que cuando yo viajaba por la sierra los campesinos me dijesen que me quedara para mejorar la raza?”. Y ahora recuerdo otra de sus preguntas: ¿qué nos dice que en un país de Quispes y Pérez, la segunda vuelta la disputen Kuczynski y Fujimori?

Para reparar esa nacionalidad quebrada, Cotler siempre defendió la necesidad de un Estado funcional. Lo recuerdan muchos de sus alumnos cuando exhibía el mapa vial de Francia. Un enjambre de carreteras surcando el país. La nación francesa era inexplicable sin el Estado francés. Nuestro mapa vial, en cambio, era pobrísimo. Pero Cotler no quería cualquier Estado. Su preocupación era por uno democrático. Después de todo, había sufrido el destierro de parte del gobierno de Velasco.

En resumen, Julio no encajó. Era gringo y judío en un país extraño. Políticamente, no dividió al país en buenos y malos, lo cual lo alejó de la derecha y la izquierda. E intelectualmente, tuvo el soporte del Instituto de Estudios Peruanos, pero jamás cultivó esa milenaria institución que llamamos la panaca. Al igual que otro judío de ojos azules, Julio podría haber cantado I just don’t fit.

Ahora bien, era difícil que las investigaciones y clases del catedrático Julio Cotler llegarán a la ciudadanía en general. Porque, además, Julio no cedió a la columna periodística. Pero no era un ermitaño del conocimiento, era un intelectual comprometido con el Perú. ¿Cómo participar del debate nacional? Entonces, Cotler elevó la entrevista de coyuntura política a la categoría de género literario. La lista es larga: anunció a Humala sin entusiasmo; en medio del picnic económico reveló que a más crecimiento habría más conflictos; se cuadró ante el fujimorismo; previó tanto el ascenso de PPK como su penosa debacle, etc… La juventud tecnológica lo conoció y reconoció que ‘Cotler was right’. Porque, aunque había llegado a la vejez, no era un viejo. Que era lo más cercano que teníamos al solitario solidario de Camus. Que era, en fin, ese cascarrabias alegre y pincha-globos sin el cual los pueblos no progresan. Por todo eso y más, Julio, aquí ya se te extraña.

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