¿Es realmente el segundo gobierno de Alan García mejor que el primero?

Revista Poder

He rodado de acá para allá / Fui de todo y sin medida.

José José

Mucha gente está convencida de que Alan García ha sido absuelto por la historia gracias a su segundo gobierno. Un columnista cotidiano distingue entre García “el malo” y García “el bueno”; los comensales de los restaurantes más caros de Lima, que durante los años noventa lo trataban de ladrón para abajo y que al cruzarlo pensaban “aprista tenías que ser”, ahora lo aplauden cuando ingresa a uno de esos locales; e incluso he visto —con sorpresa, debo decirlo— que alguien como Fernando de Szyszlo afirma que “lo que ha hecho Alan García es un milagro. Su segundo gobierno ha sido un gran gobierno, nunca en el Perú ha existido un gobierno así […]”. Así que entre cierta gente es consenso. Yo entiendo que en este segundo gobierno de García las reservas del país no han sido nuevamente dinamitadas, que el país no ha quedado al borde de una epidemia de cólera que delata como pocas otras cosas la indigencia de los pueblos, comprendo que los caños de las casas no han evacuado chorros de agua con excrementos y que la inflación no se ha desbordado a la par que las muertes producidas por una milicia maoísta. Todo esto lo entiendo, pero el criterio para evaluar a García no puede ser el contraste con su anterior gestión. De esa comparación saldría bien librado cualquiera. Pienso que hay otros criterios desde los cuales evaluar al segundo Alan García. De hecho, bajo otros criterios podríamos incluso encontrar similitudes, más que diferencias, entre ambos gobiernos y, entonces, la absolución de la historia ya no estaría asegurada.

EL ÚLTIMO DE LA FILA

He oído varias veces a García decir que el descalabro de su primer gobierno fue producto de una política económica que en aquel entonces era ejecutada en toda América latina. Es incorrecto. Primero porque son pocos los países que llegaron al grado de ineptitud peruana, pero, sobre todo, es falso porque en la segunda mitad de los ochenta debutó el consenso por el cual los Estados latinoamericanos debían abandonar el modelo económico del populismo y establecer uno ortodoxo.

De hecho, en 1985, el mismo año que García asumió la presidencia, Víctor Paz Estenssoro, presidente boliviano, adoptó el plan de ajuste neoliberal que el Estado boliviano necesitaba (y el peruano también). Sin embargo, García, en lugar de gobernar como la nueva época latinoamericana de mandaba, prefirió ser el último vástago de Perón, de Velasco o de Haya de la Torre. Fue un presidente de los años cuarenta cuando debía ser uno de los noventa.

En estos últimos cinco años, García ha vuelto a exhibir su anacronismo. En la segunda mitad de los 2000 fue, en el mejor de los casos, un presidente de los años noventa; en el peor, un gobernante del siglo XIX. En el mismo momento en que los gobiernos responsables de América Latina intentaban armonizar capitalismo, democracia e igualdad, García apostó a ser Ménem o Fujimori y postergarlo todo en nombre del capitalismo. Y por anacrónico siempre ha fracasado en resolver los problemas de su época. En el primer gobierno, debía resolver el fracaso económico y la violencia que heredaba de Belaunde, y solo logró agravar ambos problemas. En el segundo, debía fortalecer la democracia y reducir las desigualdades en el Perú (ya que la economía venía creciendo sola), y nuevamente fracasó en las tareas de su hora. En ambos gobiernos, quiso quedar bien con el pasado, se le chamuscó el presente y nos enturbió el futuro.

¿POR QUÉ SER EL CAMPEÓN DE LA DERECHA?

Que un líder izquierdista latinoamericano se reconcilie con el libre mercado a la vejez no es cosa rara. Que reniegue de todo progresismo es menos común. García podría haber virado a la derecha en materia económica y mantener cierto liberalismo en materia política y social. Un país melindroso y mojigato como el nuestro lo reclamaba. Sin embargo, sin que sepamos bien la razón, no solo se amistó con la libre oferta y demanda sino que reencauchó, remozó y tonificó a una derecha vapuleada luego de la experiencia fujimorista y terminó así siendo la cabeza visible del pensamiento más retrógrado del continente. ¿Cómo así se convirtió en este Riva Agüero extemporáneo y sin talento? La pregunta ronda a todo el mundo y no hay forma de saber exactamente cómo se llevó a cabo esta metamorfosis expeditiva (recordemos que el 2004 marchaba codo a codo con la CGTP contra el neoliberalismo hambreador). Aventuro aquí una explicación en tres etapas. Etapa política inicial: García tenía el Parlamento bajo control con una sólida bancada aprista, pero le temía a la derecha informal (empresarios, militares e Iglesia), le inquietaba que comploten contra él, por lo cual, astuto, decidió incluirlos en su coalición de gobierno: era mejor tener al enemigo en casa. Fue un matrimonio por conveniencia. Etapa sociológica: a García le hizo ilusión que sus nuevos compañeros de ruta lo piropeasen, que los mismos que lo maltrataron tanto lo reconociesen como uno de ellos, y así el estratégico matrimonio por conveniencia fue transformándose en cariño. Etapa final e ideológica: si ya no era matrimonio por conveniencia, la relación no podía fundarse en meros intereses, el enamoramiento requería de votos de amor a la familia, a la propiedad privada, al Perú blanco y sagrado. Transcurridas las tres etapas, no solo se había amistado con el libre mercado, era la versión laica de Cipriani.

Y ahí empieza la triste historia. Como se ha dicho, en vez de pro mercado se armó un gobierno pro empresarios. Y arrancó también el más chato conservadurismo social. Hizo de la pena de muerte para violadores un tema de permanente discusión nacional. Luego la planteó para terroristas. Es más, envalentonado, propuso un referéndum sobre la pena de muerte. En otras cuestiones también demostró su tendencia a la involución. En un foro internacional, se pronunció contra la legalización de las drogas alegando —como si fuera un vicario y no alguien abocado a dictar políticas públicas— que el “ser humano no puede ponerse de rodillas ante su propia impotencia”. Amén. Y no le faltó el impulso de transformar su prédica conservadora en política fujimorista: el 2007, el gobierno consideró que el Perú se retirase de la Corte de San José en Costa Rica.

OK, CONSERVADOR, PERO ¿POR QUÉ CANALLESCO?

Lo que ya no entiendo es por qué el conservadurismo debía degenerar hacia la fechoría. En un país con niveles de confianza interpersonal e insitucional mínimos, la Presidencia de la República es también un espacio de docencia, no se llega ahí para enraizar y energizar prejuicios, mojigaterías, ni reverenciar la pendejada. Pero es lo que ha hecho García. ¿Por qué indultar a Crousillat?, ¿por qué dar un decreto que casi saca de la cárcel a miembros del Grupo Colina?, ¿de dónde el gusto por hacer negocios con BTR?, ¿por qué la indolencia arrogante con lo más postergado de nuestro país? Finalmente, ¿cómo así carecer de toda compasión por el prójimo y declarar tras el asesinato de una joven a manos de un psicópata que “no puede ser que alguien, por una calentura momentánea, se preste a irse con una persona que recién ha conocido, y estas son las consecuencias de eso”? Ya ven, si el culpable del asesinato no era Van der Sloot sino la jovencita licenciosa.

Reservemos para el final alguna indulgencia. No olvidemos que, pese a no merecer una segunda oportunidad, debimos elegir a García pues Humala versión 2006 hubiera sido peor para el país. Elegimos a García como mal menor y como mal menor gobernó. Así que, quizás, García cumplió a cabalidad, con precisión y, hasta diría, con éxito el mediocre papel que de él esperábamos.

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